Una de las razones por las que más nos cuesta trabajo avanzar en los proyectos y cumplir nuestras metas son las distracciones digitales. Vivimos en una era donde nuestro celular y las notificaciones en la computadora son una distracción muy demandante. Recuerdo que cuando era niña y apenas empezaban a existir los celulares, las llamadas eran a los teléfonos fijos. Inclusive recuerdo que había una libreta donde se anotaba el número y el mensaje de las persona que no había podido localizar a la persona que buscaba. Al llegar a casa la persona revisaba la libreta y decidía si regresaba la llamada en ese momento o al día siguiente (inclusive tal vez nunca).

Hoy en día, en la era de los mensajes instantáneos, quienes nos quieran localizar, tienen acceso inmediato a nosotras y nosotros a través de múltiples medios y apps, inclusive podemos ver si ya han recibido nuestro mensaje y si han decidido dejarnos en “visto”.

Como terapeuta relacional he trabajado infinidad de problemas en los que las relaciones (no únicamente de pareja, sino en general) se han visto afectadas por la comunicación que se transmite y es interpretada a través de los mensajes instantáneos. 

Por alguna razón sentimos que le debemos una respuesta inmediata a quien nos busca y de la misma manera pensamos que las personas a quienes buscamos nos la deben, sobretodo si están “en línea”. Esto provoca que nos ofendamos al no obtener una respuesta inmediata, ya que lo sentimos como una forma de rechazo, creando una dinámica que personalmente no creo que favorezca a las relaciones interpersonales. 

Llevo unos meses reflexionando en esto y me he permitido recordar que en estricto sentido, yo no le debo una respuesta a nadie y de igual forma nadie me debe una respuesta a mí. Me he liberado de la presión de responder lo antes posible a aquellas personas que me escriben y he de confesar que el resultado me ha venido muy bien, aunque, por supuesto hay a quienes no les ha parecido esta postura y consideran una falta de respeto que mi respuesta no sea inmediata o inclusive, si así lo decido, que tarde un par de días en responderles. 

Te invito a reflexionar, ¿por qué debemos de responder de forma inmediata? ¿por qué creemos que alguien nos debe una respuesta únicamente porque leyó lo que hemos mandado? ¿cuánto tiempo perdemos por estar respondiendo los mensajes que recibimos?

Uno de mis pacientes es arquitecto y en su día a día debe atender tanto el área de trato directo con sus clientes, como el área creativa, diseñando planos. Su trabajo fluctúa constantemente entre responder los mensajes o llamadas de sus clientes, y diseñar los proyectos de esos mismos clientes. Con tal de poder responder y estar al tanto de las necesidades de cada proyecto durante el día, optó por sacrificar sus horas de sueño para trabajar en la parte creativa ya que en las noches nadie le busca y puede diseñar “en paz”. 

Considerando que en promedio tardamos hasta 23 minutos para poder volver a concentrarnos en lo que estábamos haciendo después de una interrupción o una distracción ¿cuánto tiempo creativo perdemos en estos lapsos? ¿cuánto tiempo de creación pierde mi paciente por las distracciones de sus clientes?

Inmensamente inspirada por el trabajo que hemos hecho en terapia, he reflexionado más en este asunto y lo he compartido con él. El resultado fue un plan de trabajo en el que pone en modo avión su celular, apaga las notificaciones de su computadora y se concentra en crear por una hora y media en bloques de la Técnica de Pomodoro, que consiste de 25 minutos de trabajo sin distracciones y cinco minutos para descansar, caminar, ir al baño o tomar agua, pero por ningún motivo utilizar el celular. Después de tres de estos bloques utiliza un bloque de 25 minutos para revisar su celular, correo, mensajes e inclusive darse una vuelta por las redes sociales. Me ha sorprendido cómo el estrés ha disminuido considerablemente en mi paciente y lo productivo que me ha reportado que se ha sentido. Este es un caso tangible en el que con resultados laborales, se puede ver el efecto de dejar a un lado las distracciones digitales, demostrando que también es un método muy útil para permitirnos estar en el momento presente y disfrutar a las personas que tenemos frente a nosotras y nosotros, así como para poder conectar de forma individual en nuestro tiempo a solas.

Te invito a que te permitas no estar disponible y que todo ese tiempo que dedicas para los y las demás a través de tus dispositivos digitales, mejor lo utilices para ti, tus proyectos y la gente que está presente contigo. Porque al final del día no le debes nada a nadie y tampoco les debes una respuesta inmediata. Normalicemos el responder o contactar a quien nos busca cuando podamos y queramos, ya que la mayoría de las veces que intentan contactarnos no es para una emergencia que merezca sacrificar nuestras prioridades.

Recuerda que si te interesan estos temas puedes escuchar mi podcast “Supéralo Por Favor” disponible en todas las plataformas digitales de audio, de todos modos nos leemos el próximo viernes en un artículo más aquí, en mi blog.

¿Te pasa que te cuesta trabajo decir “NO”? ¿Terminas cediendo a los favores que te piden otras personas y terminas sacrificando tu tiempo? Entonces te hace falta aprender a poner límites. 

Yo crecí intentando ser la niña “buena”, la que no se metía en problemas y ayudaba a los demás. Cuando tenía 7 años una tía me dijo que tuviera cuidado con ser tan buena porque podía caer en ser “buenita”, cuando le pregunté qué era ser “buenita”, me dijo que era ser “tonta”. Aunque esas palabras me quedaron muy marcadas desde hace más de 20 años, no terminé de entender lo que me dijo mi tía hasta que comencé a estudiar las relaciones interpersonales en la maestría.

Aún ya siendo adulta, creía que decir “NO” era ser egoísta y que debía continuar siendo complaciente con las demás personas. Inclusive juzgaba a quienes frecuentemente decían “NO” y que rara vez se ofrecían a apoyar a alguien más. Ahora entiendo que decir “NO” es una manera de poner límites.

Es importante entender que saber poner límites no nos hace personas egoístas. Al saber establecer y respetar nuestros propios límites en realidad lo que estamos haciendo es un acto de amor propio. Otra ventaja de los límites es que nuestra autoestima se fortalece y nuestras relaciones interpersonales se vuelven más sanas, ya que al poner límites, trazamos una frontera que delimita dónde terminas tú y dónde comienza la siguiente persona.

Durante la niñez es poco común que nos enseñen a decir “NO”, por lo que puede ser difícil comenzar a hacerlo ya que al principio te resultará incómodo o inclusive es posible que ni siquiera sepas por dónde empezar e identificar cuándo es momento de poner un límite.

Los límites se deben establecer cuando sientes que algo te incomoda o algo te hace daño, independientemente de lo que digan las demás personas. Pueden ser desde cosas físicas como algo que afecta a tu cuerpo, hasta cosas emocionales que afectan a tus pensamientos. Un ejemplo de una incomodidad física, es cuando estás en un salón de clases y tienes frío pero alguien más en el mismo salón tiene calor y pide que se le baje aún más a la temperatura, dando lugar a que tengas que poner un límite incluso si al mencionar que tienes frío la otra persona dice – Estás mal, no hace frío, hace calor–. Por otro lado, una incomodidad emocional se da frecuentemente cuando tú le haces saber a alguien más que algún comportamiento que tuvo te lastimó y la respuesta que recibes es –No exageres, no pasó nada –, dando lugar a que debas poner un límite ante la forma de juzgar tus emociones.


Los límites son como un músculo, entre más los pongas más fácil te será decir “NO”, ya que como lo he dicho en otras ocasiones, todo lo que construya hacia el amor propio, debe convertirse en un hábito.

Para comenzar a establecer límites, les comparto una serie de pasos que les ayudarán a identificar las situaciones que lo ameriten y la manera de llevarlo a cabo:


El primer paso es el autoconocimiento: saber qué te molesta y qué te hace sentir incomodidad, independientemente de si esto es la opinión más popular o no, te ayudará aprender a escucharte sin pensar en los demás.

El segundo paso es comunicarlo: como decía anteriormente, esto puede ser incómodo en un inicio, pero con el tiempo y la práctica esto se facilita. También, recuerda que tú no eres responsable de cómo se siente la otra persona. Naturalmente si toda la vida has sido una persona complaciente, a las personas a tu alrededor no les va a gustar que comiences a poner límites, pero recuerda que esto es un acto de amor propio y te estás escogiendo a ti sobre los y las demás. 

Melody Beattie, experta en codependencia dice que no podemos poner un límite y al mismo tiempo estar cuidando cómo se pueden sentir las demás personas.

El último paso es entender que no tienes por qué dar explicaciones: a las demás personas no debes convencerlas de cómo te sientes o de tu límite. Puede ser que simplemente no quieres ir a un lugar al que te invitaron o no te nace hacer un favor y es válido contestar –En esta ocasión no lo haré, pero probablemente para la próxima sí –. Inclusive si la persona te pregunta el por qué puedes decir –Porque no quiero – y no tienes por qué dar más explicaciones. Recuerda que al decirlo no tienes que hacerlo de una forma agresiva, puedes comunicar límites claros y rígidos con mucha amabilidad e incluso con cariño.

Una vez que aprendemos a poner nuestros límites, también nos será más fácil identificar y respetar los límites que nos ponen los y las demás, siendo estos límites tan importantes como los nuestros. Habiendo entendido y aceptado que nadie nos debe nada, ni complacencias, ni explicaciones, podremos valorar mucho más lo que las demás personas hacen por nosotros y nosotras.

Recuerda que si te interesan estos temas, puedes encontrarme en Instagram como @eva_latapi y en Facebook como Eva Latapi. También tengo un Podcast llamado “Supéralo Por Favor” con capítulos nuevos todos los miércoles que puedes escuchar por Youtube, Spotify y Apple Podcast. De todos modos nos leemos el próximo viernes en otro artículo aquí en mi blog.

Lo que más me gusta de ser psicóloga es poder ser testigo del increíble proceso de transformación que tienen las personas que vienen a terapia. Me maravillo de ver cómo comienzan la terapia hechos mil pedazos y cómo poco a poco comienzan a rearmarse con cada una de las piezas y se convierten en una versión más fuerte, más sana y sobre todo más consciente de sí mismos y mismas.

Para mí, es ver como una persona crea un jarrón de cero y viene con los trozos para rearmarlo cuando se le rompe. En la cultura japonesa, arreglan los jarrones rotos con oro líquido porque dicen que en las rupturas es por donde entra la luz. Me parece una hermosa analogía porque es verdad, es gracias a los momentos que sentimos que nos rompemos que somos capaces de rearmarnos. 

He tenido la dicha de trabajar con pacientes que deciden continuar la terapia una vez que se han armado por completo y también he tenido la experiencia de ver pacientes que regresan nuevamente después de haberles dado de alta, ya sea por querer seguir creciendo o porque tienen una nueva crisis. Cuando mis pacientes regresan a terapia, primero que nada agradezco la confianza y honro su proceso.

Como terapeuta yo creo que parte de la vida son las bajas, las crisis y las rupturas.

La terapia definitivamente no va a evitar que vuelvas a tener un mal momento en la vida, pues las lecciones y los momentos difíciles son parte de lo que la hace tan maravillosa, pero sin duda te dará herramientas para poder afrontarlo todo.

El año pasado estuve trabajando con un paciente que se recuperaba de una relación violenta y codependiente. Inclusive me pidió tener dos sesiones a la semana porque sentía que el proceso era más fuerte de lo que él podía soportar. Utilizamos la analogía de las adicciones, porque la codependencia se puede sentir como una adicción a otra persona. Hablábamos de los patrones y cómo tendemos a repetirlos. Unos meses dentro del proceso terapéutico conoció a una persona que representaba todos los patrones que había tenido su pareja anterior y completamente seguro me dijo –No hay manera que vuelva a caer en ese patrón –. Como a veces pasa, dejó de asistir a terapia. En ocasiones, las personas se sienten listas y deciden dejar la terapia sin previo aviso. Mi manera de trabajar es respetándoles su decisión y hacerles saber que aquí estoy cuando quieran retomarla.

Hace unos meses este paciente regresó, había empezado una relación con aquella persona que conoció el año pasado y nuevamente había caído por completo en los mismos patrones de codependencia y mismo tipo de violencia que habíamos trabajado el año anterior. –Vi todos los focos rojos desde que la conocí– me dijo, –pero me sentía bien y me sentí indestructible. Ahora estoy donde estaba hace un año, pero con alguien más. –

He estado reflexionando sobre este caso. Mi paciente reconoció los focos rojos y que aquella persona representaba todos los patrones de los que le había costado tanto trabajo sanar. Habíamos trabajado la relación consigo mismo y se sentía fuerte. ¿Qué le llevó a caer en exactamente lo mismo?, ¿por qué regaló su paz?

Se me viene a la mente una de mis analogías. Digamos que en la era de los nómadas el fuego era una de las cosas más preciadas para los clanes. Todo el tiempo debían transportarlo de un lugar a otro y era tan difícil volver a conseguirlo que incluso asignaban a un miembro del clan a cuidar de él.

Me gusta pensar que nuestra paz es este fuego que debemos cuidar. Esto no significa que por cuidarlo hay que quedarse paralizados o paralizadas, sino que debemos evitar situaciones donde pongamos en riesgo nuestra paz al ignorar conscientemente los focos rojos que desde un inicio pudimos identificar.

El dolor se olvida, hasta cierto punto. Recordamos que algo nos fue doloroso, pero no recordamos qué tanto nos dolió y tal vez es por eso que nos arriesgamos a caer en los mismos patrones. Lo sé porque a mí también me ha pasado.

La paz se construye poco a poco después de tener una crisis, cada quien construye su propia paz y una vez obtenida es importante cuidarla.

Cuando hacemos conciencia del esfuerzo que le hemos puesto en estar bien, en sanar, en levantarnos y rearmarnos, nos es más difícil arriesgar esa paz con cualquiera o en cualquier lugar. Esta paz está ligada al amor que nos tenemos y así como no arriesgaríamos a alguien que amamos, de la misma forma no tendríamos por qué arriesgarnos a nosotros o nosotras.

Nuestra paz es valiosísima y no podemos arriesgarla en relaciones donde hay más focos rojos que un árbol de Navidad, es una cuestión de amor propio y por lo tanto está bien decir –Gracias, pero me costó muchas tormentas esta calma para dejar que me la drenes, así es que, no gracias –.
Siempre habrá gente drenadora de paz y el problema no son estas personas, somos nosotros o nosotras que voluntariamente colocamos ese fuego tan sagrado en las manos equivocadas.

Recuerda que si te interesan estos temas puedes encontrarme en Instagram como @eva_latapi o escuchar mi podcast “Supéralo por favor” que tiene un episodio nuevo todos los miércoles y puedes escucharlo en Spotify, Apple Podcast o YouTube. De todos modos nos leemos el próximo viernes aquí, en el blog.

Después de una sesión con un paciente la semana pasada, no pude evitar preguntarme –¿Por qué nos aferramos a aquello que sabemos que no nos hace bien, pero nos cuesta trabajo soltar? –

Mucho de lo que escribo en este blog y de lo que comparto en redes o en mi podcast, son cosas que yo misma necesito escuchar o leer y por lo general busco respuestas a mis propias preguntas a través de la escritura. Después de filosofar en esta pregunta durante el fin de semana y buscar algunas respuestas en uno de los libros que estoy leyendo, The Art of Impossible: A Peak Performance Primer de Steven Kotler (recomendación de mi hermano Pablo y recomendación mía para ustedes),  logré darme cuenta que la gran mayoría de las veces, lo que nos hace aferrarnos a las cosas es el miedo. 

El miedo es un fenómeno que vamos a sentir tú, yo e inclusive cualquier persona a quien consideremos valiente; porque la valentía no es la ausencia del miedo, sino hacer las cosas a pesar del miedo. En su libro, Kotler menciona a Kristen Ulmer, una atleta de alto rendimiento en esquí extremo y autora del libro The Art of Fear, quien ha estudiado extensivamente el miedo y dice que lejos de hacer las cosas con miedo, hay que hacerlas por el miedo y hace una invitación a que el miedo sea aquello que nos impulse a hacer las cosas para de esa forma lograr hacer las paces con él.

El miedo a soltar y a dar el siguiente paso, es producto de la manera en la que nuestro cerebro está configurado. Lo he dicho con anterioridad, el cerebro no está diseñado para hacernos felices, sino para ayudarnos a sobrevivir y para esto, el cerebro va a pensar en todos los posibles escenarios fatalistas si nos atrevemos a dar ese paso que tanto tememos. Nos aferramos a personas, situaciones, trabajos o circunstancias porque nos aterra lo que pudiera pasar si todo sale mal. El miedo viene de la mano con la mentalidad de carencia, de pensar que no hay suficiente para todo el mundo y que si salimos de nuestra zona de confort y todo sale mal, nos quedaremos sin nada. Y “nada” es el lugar que nuestro cerebro intenta evitar a toda costa, porque en la “nada” también hay dolor y bien dicen los budistas, que todas nuestras decisiones están orientadas a evitar el sufrimiento.

Lo contrario al miedo, no es la valentía. Lo contrario al miedo es la confianza. La confianza en que las cosas eventualmente se acomodarán, que si hay dolor en el camino este eventualmente pasará y sobre todo, confianza en nosotras y nosotros mismos. Brené Brown, una de mis autoras favoritas, estudia el coraje y la vulnerabilidad como dos caras de la misma moneda. El permitirnos ser vulnerables no es debilidad, es valentía, y soltar aquello que nos da “seguridad” para mostrarnos completamente vulnerables es de valientes. 

Se me viene a la mente una analogía que me contaba mi papá sobre las langostas. Las langostas son animales blandos que viven en conchas rígidas que no se expanden. Sin embargo, cuando la langosta se siente incómoda, deja la cáscara para producir una nueva concha. Cuando la langosta sale de la concha anterior, queda completamente desprotegida y vulnerable, sin embargo sale para formar una concha más grande y poder seguir creciendo.

El concepto de soltar para poder recibir, es una invitación a que sueltes esa concha en la que ya no cabes, y a que no te quedes en ese lugar donde no puedes crecer solo porque el miedo te detiene. También es un recordatorio de que la vida es muy corta y además de pasar muy rápido, nadie la tiene comprada.

Para recordarnos nuestra mortalidad no hay un contexto más claro que el actual, hemos vivido una pandemia desde hace casi un año, una situación que se ha llevado a personas sanas que muy probablemente seguirían aquí de no ser por la crisis sanitaria que vivimos a nivel mundial. Y si la vida es tan corta y el miedo no es más que un mentiroso ¿por qué no nos atrevemos a soltar eso donde ya no cabemos?, ¿qué estamos esperando para dar ese paso, para dar las gracias y soltar eso que no nos suma? 

Me despido y los dejo con esta reflexión. 

Recuerda que si te interesan estos temas, te recomiendo escuchar mi podcast “Supéralo Por Favor” donde saco un episodio nuevo todos los miércoles y puedes escuchar por Spotify, Apple Podcast o Youtube. De todos modos nos leemos aquí el próximo viernes para un nuevo artículo a este blog. 

Este año he trabajado de forma más profunda el amor propio, tanto de manera personal, como al lado de mis pacientes. He quedado maravillada de atestiguar el impacto tan positivo que tiene el amor propio en diferentes áreas de la vida. En el intento de englobar todas las diferentes estrategias para poder fomentarlo y mantenerlo, he llegado a una conclusión y he creado “Los cuatro mandamientos del amor propio”. Son cuatro sencillos compromisos que he hecho conmigo misma y en los que trabajo todos los días. De igual forma, he invitado a mis pacientes y personas que escuchan mis pláticas a implementarlos en su vida diaria. 

1.- No criticarás: a diferencia de los otros tres mandamientos, este particularmente no lo extraje de ningún libro o investigación, está basado por completo en mi experiencia. 

El 80% de nuestros pensamientos tienden a ser negativos y por lo general rayan en la crueldad hacia nuestra propia persona. Me gusta decir que nadie nos conoce mejor que nuestra propia cabeza, y si le damos la oportunidad, es seguro que nos va a repetir todos nuestros defectos y carencias, sabiendo a la perfección cómo lastimarnos.

Sin saber el impacto tan grande que tendría en mi vida, comencé tomando la decisión consciente de no juzgar a mis pacientes. Mi intención era que sin importar lo que me compartieran en terapia yo les escucharía con compasión y sin emitir juicios. Al ver los efectos tan bonitos que esto tenía en la relación terapéutica, decidí trasladarlo a otras relaciones más cercanas, como a mi familia, mis amistades y mis compañeras de trabajo. Las relaciones mejoraron abismalmente y yo me sentía mejor. Actualmente estoy en el proceso de no juzgar a nadie y no involucrarme en conversaciones donde se juzgue o critique a alguien más.

Mi intención nunca fue beneficiarme en lo personal de este compromiso, sin embargo, comencé a notar que la voz dentro de mi cabeza, esa voz que constantemente me critica y me recuerda en cada oportunidad todos y cada uno de mis defectos, comenzó a perder volumen. Me di cuenta que entre menos juzgaba a las personas a mi alrededor, menos me juzgaba a mí misma. Hoy trabajo en esta práctica y la ejerzo ya no únicamente por las demás personas, sino de forma egoísta por el beneficio que he visto en mí.

2.- Tú te celebrarás: por alguna razón crecemos esperando la aprobación y apreciación de las demás personas para poder sentirnos bien con nosotros y nosotras mismas, incluso cuando se trata de nuestros méritos, pues nos hacen creer que celebrar nuestros propios logros nos hace personas soberbias y engreídas. 

No esperes que nadie más vea tus logros para poder sentirte bien con lo que haz hecho. No esperes lograr cosas gigantescas para permitirte sentir orgullo de tus éxitos. Por más pequeño que sea lo que has logrado, celébratelo, apláudetelo y disfrútalo. Esto no significa que te conformes y dejes de avanzar, más bien se trata de que te permitas sentir orgullo por eso que has logrado aunque no sea una gran hazaña. ¿Te lograste despertar más temprano hoy? ¡Felicidades! ¿Te atreviste a bajar la guardia y pedirle una disculpa a tu pareja? ¡Felicidades! ¿Dejaste el celular a un lado para disfrutar a tu hija o hijo? ¡Felicidades! ¿Lograste cortar esa relación tóxica que te estaba haciendo daño? ¡Felicidades! ¿Lograste hacer ejercicio por más cansancio o flojera que tenías? ¡Felicidades! 

No esperes tener el resultado final o hacer las cosas perfectas para poder decirte a ti mismo o misma –¡Felicidades! –. 

3.- No te comprarás: la comparación es la ladrona de la felicidad. Siempre habrá alguien más inteligente, con más belleza, con más carisma, con más dinero, con más éxito, con más… con más… con más que tú. De la misma forma tú siempre tendrás mucho más de algo ante los ojos de otras personas. 

Creer en ti no significa que te consideras mejor que las demás personas, para nada. Una persona que en verdad cree en sí y se quiere a sí misma no se siente mejor que nadie, sino que al reconocer su valor y autenticidad puede de la misma forma reconocer el valor y autenticidad de todas las personas que le rodean. 

Alguna vez escuché, que si las flores pudieran compararse entre sí, no lo harían. La rosa nunca querría verse como el tulipán y viceversa, porque cada una sabría que tiene belleza en su particularidad, y eso es lo que hace a un jardín de flores tan bello. Lo mismo debería pasar con las personas, debemos salir del molde y dejar de compararnos. Atrevámonos a ser quien en verdad somos y dejemos ser a las demás personas quien en verdad son. Muchas veces cuando no nos sentimos suficientes es porque nos estamos comparando. Detente y mejor toma un minuto para agradecerte y apreciar todo lo que ya eres. 

4.- Escogerás el amor sobre el miedo: independientemente de la decisión que debamos tomar, siempre podremos basarla en el amor o en la practicidad, que en verdad enmascara al miedo. Escoge siempre el amor. 

Inclusive en las relaciones interpersonales basa tus acciones en el amor hacía la otra persona, en la compasión y la confianza, pero principalmente en el amor a tu propia persona. No se trata de ser egoístas, es cuestión de cuidarnos y amarnos. Si buscas respeto en las otras personas, respétate tú. Si anhelas que las demás personas te escuchen, escúchate tú. No hay nada allá afuera que pueda darte eso que buscas que no puedas dártelo tú. 

La practicidad y el querer tener el control de todo, no son más que manifestaciones del miedo. Una de las formas más lindas de amor propio es soltar el miedo y confiar. Confiar en que las cosas se acomodarán sin necesidad de que las controlemos por completo y confiar en esa voz interior a la que llaman intuición, Dios o sexto sentido. A mí me gusta llamarle corazón. Escucha tu corazón, escucha esa corazonada que te guía hacia el amor, hacia el bien propio y hacia el bien común.

Estos son los ‘Cuatro mandamientos’ a los que me he comprometido para fortalecer la relación conmigo misma, algunos basados en las investigaciones y uno basado completamente en mi experiencia. Probablemente al trabajar más con ellos surjan otros mandamientos, mientras tanto les comparto estos cuatro y les invito a que los hagan parte de su día a día. 

Recuerden que si les gustan estos temas pueden encontrarme en Instagram o escuchar mi podcast “Supéralo Por Favor” todos los miércoles por Spotify, Apple Podcast o Youtube. También puedes encontrarme en Instagram donde todas las semanas comparto información de relaciones, sexo y amor propio. De todos modos nos leemos aquí la próxima semana.

Por alguna razón buscamos nuestro valor o aquello que sentimos que nos hace falta, de forma externa. Buscamos aquello de lo que carecemos en los ojos de otras personas, en nuestros logros, en nuestras posesiones y las experiencias que vivimos. 

Hace un tiempo escuché una analogía que me pareció excelente y es muy apropiada para ejemplificar esto que les estoy compartiendo; imagina que estás justo a punto de salir de tu casa con las llaves del auto en mano y justo antes de salir las tiras por accidente e inmediatamente se va la luz en tu casa, haciéndote imposible encontrarlas. Las buscas entre la obscuridad sin éxito y cuando te asomas por la ventana puedes ver que el alumbrado público tiene luz por lo que decides salir a buscar tus llaves donde puedes ver. Después de unos minutos, un amable vecino te ve buscando tus llaves y se ofrece a ayudarte a buscarlas. Tras buscar sin éxito el vecino te pregunta –¿Dónde perdiste las llaves? –a lo que tú le respondes –Dentro de mi casa, pero se fue la luz por lo que decidí venir aquí afuera donde hay luz y buscarlas –. 

No es necesario explicar la respuesta del amable vecino tras esa respuesta y conducta tan ridícula, sin embargo nos sirve como una dramatización de aquello que hacemos cuando sentimos un vacío interno, intentamos buscar en nuestro exterior eso que sentimos que nos hace falta dentro. 

La razón por la que deseas lo que deseas; llámese una relación, un trabajo, una posesión, una vivencia; es porque crees que eso en particular te va a hacer sentir amor, paz, seguridad o felicidad. Es por eso que las deseas con tanta fuerza y cuando no las obtienes sientes un vacío aún más grande, e incluso una vez que logras obtener lo que deseas te das cuenta que ahora quieres algo más y eso que has logrado ha perdido el sabor. Esto sucede porque estás buscando obtener una sensación con cosas externas, cuando en realidad, las verdaderas sensaciones que llenan esos vacíos, únicamente tú puedes dartelas. No son las cosas o los sucesos como tal los que determinan cómo nos sentimos, sino las historias y la interpretación que le damos a aquello que vivimos.

Piensa en algo que deseaste con todo tu corazón y que pensabas que una vez que lo consiguieras tu vida se sentiría “completa”. Puede ser que se te venga a la cabeza algún puesto de trabajo, alguna posesión como un coche, tal vez esa relación que tanto anhelabas o la familia que siempre soñaste. Una vez que lo lograste, casi en automático deseaste algo más, permitiéndote disfrutarlo por solo escasos minutos, si es que no te quitaste el mérito o menospreciaste el logro con pensamientos como “esto es algo que cualquier persona hubiera logrado” o “no es tan especial después de todo”. 

A decir verdad, cualquier cosa que desees para sentir completitud no te dará la satisfacción que estás buscando si no logras primero tu propia entereza. El actor Jim Carrey, dijo en alguna ocasión que ojalá tuviéramos toda la fama y dinero desde un principio para darnos cuenta que eso no es lo que nos da la plenitud. 

Te invito que analices y respondas este ejercicio:

1.- Piensa en aquello que deseas con toda tu fuerza: puede ser una relación con esa persona específica, tener una familia, conseguir un puesto de trabajo, alguna posesión o un estilo de vida ¿qué es?

2.- Una vez que lo tengas identificado completa esta frase: Ahora que tengo en mi vida (lo que deseas tener), me siento (completa con la mayor cantidad de emociones, sensaciones o sentimientos que se te vengan a la cabeza).

3.- Ahora que lo has identificado, piensa en cuándo fue la última vez que deseaste algo que podía hacerte sentir de la misma forma. ¿Lo lograste? ¿Cumplió tus expectativas de sensación/emoción?

Recomiendo ampliamente proponernos objetivos y trabajar hacia ellos. Creo que el desafío está en intentar llenar vacíos o determinar nuestro valor en ellos.

Salimos a buscar un mito, como quien sale a buscar un unicornio.

Entre más estudio el amor y las relaciones de pareja, más percibo la concepción tan errónea que tenemos de ambos conceptos. Escuchamos hablar de términos como “el alma gemela”, “la media naranja” y “el único amor verdadero”.  El Dr. Stan Tatkin asegura que todas las personas en el fondo sólo queremos ser amadas y prueba de ello es ver como todos salimos en búsqueda de nuestra alma gemela como si se tratara de llenar una vacante en nuestra vida. Vamos brincando de relación en relación con tal de no sentir el desamor, pensando que esta vez esa persona sí será “la correcta” y cuando resulta no serlo y la relación termina, percibimos el rompimiento como un fracaso porque en algún momento alguien nos vendió la idea de que una relación exitosa es aquella que es “para siempre”.   

Cuando vemos a una pareja de la tercera edad admiramos su relación como algo ideal. Fantaseamos que así es como se ve el “felices para siempre” sin saber realmente todo lo que ha pasado en esa relación y queremos salir a buscar eso mismo pensando que seguramente es perfecto.

Lo he dicho antes y no creo cansarme de decirlo, el felices para siempre no existe porque el “siempre” no es real (nada es para siempre, todo cambia) y la “felicidad” son momentos y no un estado permanente. Por lo tanto, salimos a buscar un mito, como quien sale a buscar un unicornio. 

Para encontrar a la persona correcta no es necesario tener una lista de cualidades, lugares específicos y estrategias de conquista. Para poder encontrar a la persona correcta con la cual tengamos una relación verdaderamente satisfactoria, primero hay que convertirnos en la persona correcta.

En series, películas, revistas y conversaciones en familia constantemente recibimos el mensaje de que para estar en completitud tenemos que estar en pareja, haciendo que el vacío sea casi tangible.

Como terapeuta de pareja he tenido la fortuna de observar a diferentes pacientes en distintas facetas y estoy segura que no importa que tan maravillosa sea nuestra pareja, nunca será capaz de llenar este vacío y en realidad no debe ser su responsabilidad. No podemos esperar ver nuestro valor únicamente reflejado en los ojos de nuestra pareja, es necesario saber nuestro valor y proyectarlo en nuestra pareja.

Con mis pacientes me gusta hablar en analogías y cuando tratamos el tema de llenar este vacío, les digo que resulta extremadamente tentador salir corriendo y encontrar a quien sea con tal de no sentirlo, así como cuando sentimos hambre. Salir a buscar pareja para llenar el vacío sin haberlo trabajado, es como llegar a un restaurante con el hambre a tope. No importa qué hay en el menú, ni siquiera si en él está nuestro platillo favorito, o si nos estamos perdiendo la oportunidad de comer el corte de carne más delicioso que hayamos probado, es tal el vacío que vamos a satisfacer el hambre con lo que sea, incluso con el pan de cortesía, ¿el pan de cortesía?, ¡pero si ni siquiera hemos visto el menú!

Algo muy similar ocurre cuando escogemos nuestra pareja desde el vació. Ignoraremos todas las señales de advertencia, permitiremos situaciones que nos hacen daño o sacrificaremos quien en verdad somos con tal de estar al lado de alguien.

Cuando digo que para encontrar a la persona correcta debemos convertirnos en la persona correcta, no se trata de dejar de ser quienes somos para aparentar ser una o un prospecto más atractivo o atractiva. Más bien, se trata de llenar este vacío con nosotras y nosotros mismos para gravitar cerca y atraer a una persona con quien podamos formar una relación bonita. Se trata de espejear lo que buscamos en una pareja. ¿Quieres estar con alguien que te respete? Respétate tú primero, ¿quieres estar con alguien que te ame? Amate tú primero.

Si en este momento sientes ese vacío es importante saber que no necesitas de otra persona para sentir completitud, ya que en realidad nunca has estado incompleta o incompleto. Tienes todo dentro de ti para llenarlo contigo y compartir tu completitud con otra persona que también esté completa.

Como en todo, el proceso es lo más hermoso y si trabajas en ti y disfrutas el proceso, disfrutas tu transformación en una mejor versión de tu persona.

El amor propio es un camino, no un destino.

Toda la vida escuché sobre la importancia del amor propio, pero no entendía cómo se veía, ni mucho menos cómo podía reflejarse en mis relaciones interpersonales. A decir verdad, la idea del amor propio me sonaba a cliché.

Con el tiempo he descubierto que el amor propio es el componente más importante en nuestro día a día, es la base de todas nuestras acciones, las cuales nos llevan a donde deseamos ir, o nos alejan poco a poco del camino hasta autodestruirnos con una serie de malas decisiones. El amor propio se refleja en las personas con las que nos relacionamos y en la manera en que nos relacionamos con ellas, desde lo que soportamos en nuestras relaciones interpersonales, hasta los hábitos que compartimos y que rigen nuestra vida. Por lo tanto, entre mayor sea el amor a nuestra propia persona, mayor será la calidad de nuestras relaciones.

Contrario a lo que yo alguna vez pensé el amor propio no es egoísmo, sino todo lo contrario. Una persona debe amarse a si misma para lograr tener una relación bonita, solo alguien que se ama, se respeta y sabe lo que es bueno para si misma, será capaz de establecer límites claros empleando una comunicación asertiva y dejar todo aquello que le hace daño.

Algo importante a tomar en cuenta es que una pareja no va ser más sana que la persona menos sana de la relación, por lo que es importante trabajar en el amor propio. Como terapeuta de pareja he podido evidenciar que cuando el amor propio está presente en ambos o ambas integrantes, la gran mayoría de las relaciones sanan.

El amor propio nace de la apreciación y gratitud a todo lo que somos hoy. Por ejemplo, es poder ver nuestro cuerpo y lejos de compararlo, es apreciarlo como un templo, que a pesar de no tener la apariencia que desearíamos, hace más por nosotros y nosotras de lo que podríamos llegar agradecer. Es reconocer que todo el tiempo nuestra piel regula la temperatura, sin siquiera pedírselo; es apreciar que nuestro corazón late 24 horas al día sin pedirnos permiso; es agradecer que inclusive al dormir nuestros pulmones respiran.

No tenía idea cómo se veía el amor propio y con el tiempo entendí que comienza con reconocernos, apreciarnos y agradecernos todo lo que ya somos. El enemigo del amor propio es la comparación.

Estas son algunas ideas para fortalecer el amor propio:

  1. Pon atención a tu diálogo interno: escucha la voz que tienes en tu cabeza y presta atención a lo que esa voz dice de ti. Nuestras propias palabras tienen un impacto muy poderoso en nuestra auto-percepción, así es que cuida mucho cómo hablas de ti.
  2. Revisa tu círculo: el 80% de los pensamientos que tenemos son negativos. Las personas con las que nos rodeamos son un reflejo del cariño que nos tenemos. ¿Cómo te hacen sentir las personas más cercanas a ti? ¿Te sientes bien contigo cuando estás a su lado o te hacen sentir mal?
  3. Celebra tus logros: no es soberbia saber reconocer cuando hicimos una hazaña, alcanzamos una meta, o tuvimos éxito con algo; es necesario. Ya sean grandes o pequeños, celebra cada uno de tus logros. No esperes a que las demás personas los celebren contigo, también aprende a celebrarlos por tu propia cuenta.
  4. Haz una lista de gratitud: todas las noches escribe esas cosas que te agradeces, pueden ser incluso cosas que tu cuerpo hace por ti. Cambiemos la lista de cosas que quisiéramos fueran diferente en nuestra persona, por una con todo aquello que sí somos y debemos agradecernos.
  5. Reconoce tu templo: tu cuerpo es tu templo, te invito a que las decisiones que tomes con él reflejen amor. Pon atención a cómo lo nutres, descánsalo y dale movimiento.
  6. Aprende a decir “no”: decir “no”, no te hace una mala persona. Decir “no” es un reflejo de auto-respeto.

El amor propio es parecido a un músculo, entre más lo practicamos más se fortalece. En un inicio practicarlo puede sentirse forzado y poco fructífero, pero con el tiempo es más fácil y los beneficios son inmensos. Sí te interesa tener una relación romántica sana, feliz y satisfactoria comienza a hacer algo hoy que refleje amor propio. Puedes empezar pensando ¿qué haría una persona que se ama a si misma?