Existen muchos mitos alrededor del amor y uno de los más dañinos es, que una pareja debe durar para siempre. Las relaciones, como todo en la vida, son temporales y cumplen ciclos.

El hecho de que todo está en constante cambio es a lo que los budistas llaman “impermanencia”. Uno de los ejemplos más visibles de esta impermanencia son las estaciones del año, que con sus cambios de clima producen diferentes paisajes y escenarios, sin embargo, ni siquiera la primavera es la misma cada 12 meses, siempre es distinta, con otro ciclo de flores, otra parvada de aves, otros atardeceres.

Todo cambia, inclusive tú no eres la misma persona que eras al despertar esta mañana, tu cuerpo está generando nuevas células y desechando otras. Todo cumple un ciclo, nada es permanente y las relaciones no son la excepción.

Curiosamente desde la infancia se nos dice que las personas pueden ser de nuestra propiedad, pero no es así. A mí me gusta pensar que todo lo que vamos recibiendo en la vida es prestado, incluso las parejas, que eventualmente hay que devolverlas, pues no son de nuestra propiedad. Ni siquiera los hijos y las hijas nos pertenecen, pues con los años crecerán para ser seres independientes. Los padres y las madres podrán ser sus guías y guardianes siempre que se necesite, pero nunca sus dueñas o dueños.

Cualquier relación es un préstamo y eventualmente su ciclo termina en nuestra vida, sin importar si ese ciclo es de dos semanas, ocho meses o sesenta años. Por eso es importante dejar de ver a nuestra pareja como propiedad permanente y apreciarle como un préstamo temporal, como algo que debemos procurar. Seguramente seremos capaces de disfrutar aún más los momentos compartidos sabiendo que ese amor tiene fecha de expiración.

La intención de concebir las relaciones como algo impermanente no es pesimista, sino todo lo contrario. Si somos capaces de asimilar que cada minuto al lado de nuestra pareja es un préstamo, y que la permanencia de la relación no es segura y mucho menos eterna, tal vez podemos llegar a disfrutar más cada caricia, cada sonrisa, cada mirada; y agradecer cada minuto de su presencia en nuestra vida.

La impermanencia viene a sacudirnos, a despertarnos para valorar eso que creemos nuestro. Nos exige estar presentes en cada momento disfrutándolo como un regalo. Pues al pensar que nuestra pareja y su presencia en nuestra vida es segura y permanente, hace que dejemos de esforzarnos, de disfrutarle, de valorarle y de amarle bonito.

Las relaciones se trabajan todos los días, sin importar la etapa en la que estemos y la etiqueta que le pongamos. Cuando nos quejamos de la rutina y de la monotonía en pareja, es porque no estamos valorando, es porque que hemos dejado de esforzarnos para disfrutar esa relación que la vida nos ha prestado.

Así es que respondiendo a la pregunta, ¿el amor es para siempre?, la respuesta es no. Porque “para siempre” no existe en ningún ámbito de la vida, lo único que tenemos es este momento. Todo cambia y todo es pasajero, es por eso que les hago la invitación a que valoremos y apreciemos a nuestra pareja, independientemente del tiempo que llegue a permanecer en nuestra vida. Ya sean días, años o décadas, su compañía es un préstamo y como tal hay que cuidar y disfrutar el tiempo que la vida nos honre con su presencia.

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