“El acto de valentía más grande, es amar”

Cuando amamos nos sentimos vulnerables, prácticamente al desnudo, sintiendo el corazón en carne viva, y nos aterra tanto saber que ese amor se nos puede ir, que creamos un falso apropiamiento de nuestra pareja. Como si al cambiar la etiqueta de “amistad” a “noviazgo”, la persona automáticamente pasara a ser de nuestra pertenencia, bajo la premisa de que si nos pertenece no puede irse o al menos “no debería”, ya que, si dice amarme, entonces su persona, su amor e incluso sus decisiones, me pertenecen.

En algún momento se confundió el amor con propiedad, pero el amor nunca ha sido ni será un tema de pertenencia. Puedes amar con todo tu corazón a quien ya se fue o con quien nunca estuviste. El amor es una energía que se da y no se condiciona, ni siquiera a la presencia de una persona, ¿o acaso podríamos decir que dejamos de amar a quien muere?

Nos esforzamos por dejar de querer a quien dejó de amarnos. Pensamos –solo te puedo amar si me amas, cuando te pertenezco, mientras tu amor sea mío –pero el amor no está condicionado a la correspondencia, ni a la pertenencia.

Amar es respetar la libertad de nuestra pareja, sin esperar que cambie esa libertad, de la que en un principio nos enamoramos, por amoldarse a lo que somos, sin condicionar a que haga lo que queremos, sin manipular a que nos ame como deseamos.

–Si haces lo que quiero, te amo. Si no, no. –

¿El amor duele? o ¿duelen las expectativas? –Yo te amo y te doy todo siempre y cuando hagas lo mismo y me ames de regreso. – Muchas veces caemos en esa codependencia, que a diferencia del amor es convivir con una agenda, esperando siempre algo de vuelta.

Amar es un acto de valentía, es atrevernos a dar amor aceptando que nuestra pareja no nos pertenece, respetando su libertad, aunque muchas veces no sea a nuestro lado.

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