La primera vez que escuché hablar sobre la Tanatología fue cuando tenía 14 años. Una amiga de mi mamá había perdido a su mamá unos meses antes y le escuché  comentar que un libro le había ayudado en el proceso de sanación tras la muerte de su madre. En mi inmensa curiosidad llegó a mis manos el libro La rueda de la vida de Elisabeth Kübler-Ross y decidí leerlo. Para entonces yo aún no había perdido a nadie por muerte y tampoco tenía a ningún familiar o persona cercana enferma y aún así quedé fascinada con la lectura, al grado que supe desde ese momento que algún día estudiaría la especialidad en tanatología o terapia del duelo y 10 años después de haber leído aquel primer libro de Kübler-Ross así lo hice.

Hoy, a ocho años de haber terminado la especialidad en tanatología encuentro infinita utilidad en todo lo que he aprendido a lo largo del camino, desde ese día hace casi 20 años cuando la curiosidad me llevó a mirar en la cara a la muerte y así reconocer la mortalidad de mis seres queridos y principalmente la mía. 

La tanatología es el estudio de la muerte y la terapia del duelo. El duelo es ese proceso que atravesaremos seguido a una pérdida y como bien sabemos, las pérdidas no se dan únicamente cuando alguien cercano muere. Todas las personas estamos atravesando pérdidas constantemente y es muy común que no sepamos manejarlas, ni para nosotros mismos, ni cuando se trata de la pérdida de alguien más.

Existe un fenómeno al que mi papá ha llamado “Las olimpiadas del dolor”, que se da cuando compartimos algo que nos ha hecho daño y las demás personas comienzan a comparar nuestra situación con algo que en su experiencia fue más doloroso, dejando como resultado la minimización e invisibilización de nuestro dolor.  

El duelo, el dolor y las pérdidas no son una competencia. No debemos minimizar lo que vive la otra persona incluso si la intención es ayudarle a buscar una solución. Pareciera que el mensaje que estamos dando es –Eso no es tan doloroso, no sufras –. Sin embargo lo que nos duele, duele y las emociones no son lineales, no son lógicas y tampoco pueden racionalizarse para que dejen de doler así como así, por más que lo intentemos.

Me gusta utilizar la analogía del duelo como una ola de mar, ¿alguna vez te ha revolcado una ola de mar? Es una sensación muy desagradable en la que vives un momento caótico de significativa desorientación, no sabes dónde es arriba, dónde es abajo, luchas con la fuerza de la ola sin éxito, inclusive hay un punto en el que te sueltas y te dejas arrastrar solo para poder tomar fuerzas y así poder salir de la ola. Yo crecí al lado del mar, donde más de una vez las olas me revolcaron y considero precisa esta analogía porque aunque ser revolcado por una ola dura instantes, puedo decir que es muy parecido a las veces en que la vida también me ha revolcado, sintiéndome desorientada. 

A cada quien nos revuelca una ola diferente y comparar nuestro dolor con el dolor de las demás personas sería como escuchar a alguien decir que lo está revolcando una ola en Cancún (que no se caracterizan por ser particularmente grandes) y responder –Esto que estás atravesando no es nada. A mí me revolcó una ola en Oaxaca – (que es conocido por sus olas gigantes). Es ridícula la comparación, además de que la información es innecesaria. La persona que está siendo revolcada, está siendo revolcada no importa lo que hayas pasado o si es más fuerte o menos fuerte a tu parecer. ¿Quién decide qué duele más o qué duele menos? 

“El duelo más doloroso es el tuyo” dice Edithe Eger, sobreviviente del holocausto y doctora en psicología. Cada quien tiene su propio duelo y no tenemos por qué comprarlos. 

Como ejemplo está el año que hemos vivido con la pandemia, en el que todos y todas hemos perdido a alguien o algo. 

En el episodio Grief and Finding Meaning (Duelo y encontrando significado) del podcast Unlocking Us, David Kessler en su entrevista con Brené Brown, habla de las diferentes pérdidas que hemos tenido de forma global tras la pandemia y me pareció muy acertado que también mencionó a los niños y niñas que perdieron la vida que tenían antes de la pandemia, yendo a la escuela, conviviendo con sus amistades y viviendo su rutina. Como personas adultas sería muy fácil minimizar esas pérdidas, pero para una persona de esa edad, esa rutina era su mundo y hay que honrar y respetar el duelo que conlleva cada quien, sin importar la edad que tenga. 

En este momento de la historia en que la pérdida y la muerte han estado tan presentes, tratemos de no comparar dolores, pues no hay medallas a quién ha tenido la pérdida más significativa. Todo el mundo ha perdido algo o a alguien y todas las pérdidas pueden ser dolorosas. Así que te invito a que si alguien menciona el dolor que atraviesa por las pérdidas que está atravesando, escuchale, honra y respeta ese dolor y si necesitas que alguien escuche el tuyo, hablalo, pero no lo compares. El dolor sale con la expresión, no intentes buscar una solución o palabras de alivio minimizando el dolor de alguien más y tampoco compares aquello que te duele con pérdidas que a tu parecer son “más grandes” con la intención que te deje de doler. El dolor duele, déjalo doler para sanar.

Si te interesa más el tema de las pérdidas, te recomiendo el episodio número 4 de mi podcast “Supéralo Por Favor” llamado Supera el miedo a hablar de la muerte. Recuerda que si te interesan estos temas me puedes encontrar en instagram como @eva_latapi. De todos modos nos leemos el próximo viernes en otro artículo aquí en el blog.