Lo que más me gusta de ser psicóloga es poder ser testigo del increíble proceso de transformación que tienen las personas que vienen a terapia. Me maravillo de ver cómo comienzan la terapia hechos mil pedazos y cómo poco a poco comienzan a rearmarse con cada una de las piezas y se convierten en una versión más fuerte, más sana y sobre todo más consciente de sí mismos y mismas.

Para mí, es ver como una persona crea un jarrón de cero y viene con los trozos para rearmarlo cuando se le rompe. En la cultura japonesa, arreglan los jarrones rotos con oro líquido porque dicen que en las rupturas es por donde entra la luz. Me parece una hermosa analogía porque es verdad, es gracias a los momentos que sentimos que nos rompemos que somos capaces de rearmarnos. 

He tenido la dicha de trabajar con pacientes que deciden continuar la terapia una vez que se han armado por completo y también he tenido la experiencia de ver pacientes que regresan nuevamente después de haberles dado de alta, ya sea por querer seguir creciendo o porque tienen una nueva crisis. Cuando mis pacientes regresan a terapia, primero que nada agradezco la confianza y honro su proceso.

Como terapeuta yo creo que parte de la vida son las bajas, las crisis y las rupturas.

La terapia definitivamente no va a evitar que vuelvas a tener un mal momento en la vida, pues las lecciones y los momentos difíciles son parte de lo que la hace tan maravillosa, pero sin duda te dará herramientas para poder afrontarlo todo.

El año pasado estuve trabajando con un paciente que se recuperaba de una relación violenta y codependiente. Inclusive me pidió tener dos sesiones a la semana porque sentía que el proceso era más fuerte de lo que él podía soportar. Utilizamos la analogía de las adicciones, porque la codependencia se puede sentir como una adicción a otra persona. Hablábamos de los patrones y cómo tendemos a repetirlos. Unos meses dentro del proceso terapéutico conoció a una persona que representaba todos los patrones que había tenido su pareja anterior y completamente seguro me dijo –No hay manera que vuelva a caer en ese patrón –. Como a veces pasa, dejó de asistir a terapia. En ocasiones, las personas se sienten listas y deciden dejar la terapia sin previo aviso. Mi manera de trabajar es respetándoles su decisión y hacerles saber que aquí estoy cuando quieran retomarla.

Hace unos meses este paciente regresó, había empezado una relación con aquella persona que conoció el año pasado y nuevamente había caído por completo en los mismos patrones de codependencia y mismo tipo de violencia que habíamos trabajado el año anterior. –Vi todos los focos rojos desde que la conocí– me dijo, –pero me sentía bien y me sentí indestructible. Ahora estoy donde estaba hace un año, pero con alguien más. –

He estado reflexionando sobre este caso. Mi paciente reconoció los focos rojos y que aquella persona representaba todos los patrones de los que le había costado tanto trabajo sanar. Habíamos trabajado la relación consigo mismo y se sentía fuerte. ¿Qué le llevó a caer en exactamente lo mismo?, ¿por qué regaló su paz?

Se me viene a la mente una de mis analogías. Digamos que en la era de los nómadas el fuego era una de las cosas más preciadas para los clanes. Todo el tiempo debían transportarlo de un lugar a otro y era tan difícil volver a conseguirlo que incluso asignaban a un miembro del clan a cuidar de él.

Me gusta pensar que nuestra paz es este fuego que debemos cuidar. Esto no significa que por cuidarlo hay que quedarse paralizados o paralizadas, sino que debemos evitar situaciones donde pongamos en riesgo nuestra paz al ignorar conscientemente los focos rojos que desde un inicio pudimos identificar.

El dolor se olvida, hasta cierto punto. Recordamos que algo nos fue doloroso, pero no recordamos qué tanto nos dolió y tal vez es por eso que nos arriesgamos a caer en los mismos patrones. Lo sé porque a mí también me ha pasado.

La paz se construye poco a poco después de tener una crisis, cada quien construye su propia paz y una vez obtenida es importante cuidarla.

Cuando hacemos conciencia del esfuerzo que le hemos puesto en estar bien, en sanar, en levantarnos y rearmarnos, nos es más difícil arriesgar esa paz con cualquiera o en cualquier lugar. Esta paz está ligada al amor que nos tenemos y así como no arriesgaríamos a alguien que amamos, de la misma forma no tendríamos por qué arriesgarnos a nosotros o nosotras.

Nuestra paz es valiosísima y no podemos arriesgarla en relaciones donde hay más focos rojos que un árbol de Navidad, es una cuestión de amor propio y por lo tanto está bien decir –Gracias, pero me costó muchas tormentas esta calma para dejar que me la drenes, así es que, no gracias –.
Siempre habrá gente drenadora de paz y el problema no son estas personas, somos nosotros o nosotras que voluntariamente colocamos ese fuego tan sagrado en las manos equivocadas.

Recuerda que si te interesan estos temas puedes encontrarme en Instagram como @eva_latapi o escuchar mi podcast “Supéralo por favor” que tiene un episodio nuevo todos los miércoles y puedes escucharlo en Spotify, Apple Podcast o YouTube. De todos modos nos leemos el próximo viernes aquí, en el blog.