En el 2015 comencé a dar clases de control de ira en Hawthorne, California. A diferencia de México, el sistema judicial en Estados Unidos hace obligatoria tomar esta clase para muchas personas que atraviesan asuntos legales. Por lo general, personas agresoras de violencia. A lo largo de cuatro años que  estuve a cargo de esta clase, tuve la fortuna de conocer a las personas más intimidantes con las que he trabajado, lo cual me permitió entender muchísimo del enojo y conectarme con la compasión.

Por alguna extraña razón, el enojo es más aceptado socialmente que otras emociones como el miedo, la tristeza, la culpa o la vergüenza. Una persona enojada es una persona que puede imponer poder y fuerza. Sin embargo, el mayor hallazgo que tuve mientras facilitaba estas clases es que el enojo normalmente enmascara otro sentimiento que nos es incómodo. Me gusta llamarlos sentimientos incómodos, porque todos los sentimientos y emociones cumplen una función y aunque no nos guste tenerlos, no son buenos ni malos, simplemente son.

El enojo es como un iceberg, esos bloques de hielo flotantes que se desprenden de los glaciares o de una costa helada, y al estar sumergidos en el agua, lo único que podemos ver es una novena parte del bloque. Por debajo son enormes, pero por su mismo peso únicamente se asoma una pequeña parte de este.

Lo mismo pasa con el enojo, el enojo es la máscara que presentamos, pero el enojo en la gran mayoría de los casos no es enojo, sino cualquier otra emoción que de manera inconsciente no queremos sentir ya sea por que nos causa dolor o nos da miedo y por ende utilizamos el enojo como mecanismo de protección. 

Esto me hace pensar en esas personas que consideramos “enojonas”, pero que en realidad son personas que se están protegiendo de otras emociones que ellos mismos sienten podrían hacerles daño y utilizan el enojo para enmascararlas y evitar sentirlas.

Les voy a contar la historia de cuando tenía 7 años y mi papá me llevó a aprender a andar en bici. Yo desde el principio tenía mucho miedo que le quitaran las “llantitas” de apoyo a mi bicicleta y no quería intentarlo. Mi papá me animaba mientras mis hermanos dominaban por completo el manejo de la bici sin las “llantitas”. 

En algún punto del día, decidí que la mejor forma sería ir a lo que yo veía como una colina muy inclinada (a la que regresé años después y no lo era), tomar vuelo y utilizar la gravedad a mi favor para poder tomar velocidad. Llegué a la colina y cuando tomé el impulso sentí como la bicicleta iba cada vez más rápido, de pronto sentí como el miedo se apoderó de mí, perdí el control por completo y sin pensarlo dos veces, decidí saltar de la bicicleta creyendo que podría aterrizar como ninja. 

Claro que no todo resultó como lo imagine; cuando intenté saltar de la bicicleta en movimiento lo que en realidad sucedió es que rodé con ella. Fue vergonzoso porque los demás niños y niñas me vieron y también sentí miedo por todos los raspones y sangre que tenía. Mi papá corrió hacía mí fúrico, me levantó con un brazo y con el otro recogió la bicicleta, llamó a mis hermanos y les dijo que se subieran a la camioneta, aventó la bicicleta en la cajuela y no me dirigió la palabra inclusive mientras curaba mis heridas en la casa. Yo me sentía muy confundida por el enojo tan grande que tenía mi papá y por muchos años cargué con la duda.

Tiempo después mientras yo estudiaba el enojo, le pregunté a mi papá si recordaba este suceso y me dijo que sí y cuando le pregunté si había sido miedo la emoción que enmascaró su enojo, me respondió que no, que en realidad él lo que sintió fue dolor. Dolor de no poder protegerme y dolor de verme toda raspada y ensangrentada después de mi hazaña.

Quitarse la máscara del enojo y adentrarse en la verdadera emoción que estamos teniendo puede generar mucho miedo. Sin embargo, el primer paso para trabajar cualquier emoción es reconocerla. No nos hace débiles conectarnos con el miedo, ni con la culpa, la vergüenza, el dolor o cualquier sentimiento o emoción que nos haga sentir vulnerables. Todo lo contrario, se necesita mucho valor para poder desenmascarar el enojo y ver al gigante maestro que se esconde detrás de él. 

La próxima vez que sientas enojo, te invito a reflexionar en las siguientes preguntas:

¿Qué sentimiento o emoción podría estar enmascarando mi enojo?

¿A qué le tengo miedo?

¿Qué pasaría si me atreviera a conectar con esta emoción?

Todos los días tenemos una oportunidad para conocernos más y conectar con nuestra esencia. Recuerda que si te interesa este tema puedes encontrarme en Instagram como @eva_latapi. También te invito a escuchar mi podcast “Supéralo Por Favor” todos los miércoles por Spotify, Apple Podcast y YouTube. De todos modos, nos leemos la próxima semana en otro artículo aquí en el blog.