¿Te pasa que te cuesta trabajo decir “NO”? ¿Terminas cediendo a los favores que te piden otras personas y terminas sacrificando tu tiempo? Entonces te hace falta aprender a poner límites. 

Yo crecí intentando ser la niña “buena”, la que no se metía en problemas y ayudaba a los demás. Cuando tenía 7 años una tía me dijo que tuviera cuidado con ser tan buena porque podía caer en ser “buenita”, cuando le pregunté qué era ser “buenita”, me dijo que era ser “tonta”. Aunque esas palabras me quedaron muy marcadas desde hace más de 20 años, no terminé de entender lo que me dijo mi tía hasta que comencé a estudiar las relaciones interpersonales en la maestría.

Aún ya siendo adulta, creía que decir “NO” era ser egoísta y que debía continuar siendo complaciente con las demás personas. Inclusive juzgaba a quienes frecuentemente decían “NO” y que rara vez se ofrecían a apoyar a alguien más. Ahora entiendo que decir “NO” es una manera de poner límites.

Es importante entender que saber poner límites no nos hace personas egoístas. Al saber establecer y respetar nuestros propios límites en realidad lo que estamos haciendo es un acto de amor propio. Otra ventaja de los límites es que nuestra autoestima se fortalece y nuestras relaciones interpersonales se vuelven más sanas, ya que al poner límites, trazamos una frontera que delimita dónde terminas tú y dónde comienza la siguiente persona.

Durante la niñez es poco común que nos enseñen a decir “NO”, por lo que puede ser difícil comenzar a hacerlo ya que al principio te resultará incómodo o inclusive es posible que ni siquiera sepas por dónde empezar e identificar cuándo es momento de poner un límite.

Los límites se deben establecer cuando sientes que algo te incomoda o algo te hace daño, independientemente de lo que digan las demás personas. Pueden ser desde cosas físicas como algo que afecta a tu cuerpo, hasta cosas emocionales que afectan a tus pensamientos. Un ejemplo de una incomodidad física, es cuando estás en un salón de clases y tienes frío pero alguien más en el mismo salón tiene calor y pide que se le baje aún más a la temperatura, dando lugar a que tengas que poner un límite incluso si al mencionar que tienes frío la otra persona dice – Estás mal, no hace frío, hace calor–. Por otro lado, una incomodidad emocional se da frecuentemente cuando tú le haces saber a alguien más que algún comportamiento que tuvo te lastimó y la respuesta que recibes es –No exageres, no pasó nada –, dando lugar a que debas poner un límite ante la forma de juzgar tus emociones.


Los límites son como un músculo, entre más los pongas más fácil te será decir “NO”, ya que como lo he dicho en otras ocasiones, todo lo que construya hacia el amor propio, debe convertirse en un hábito.

Para comenzar a establecer límites, les comparto una serie de pasos que les ayudarán a identificar las situaciones que lo ameriten y la manera de llevarlo a cabo:


El primer paso es el autoconocimiento: saber qué te molesta y qué te hace sentir incomodidad, independientemente de si esto es la opinión más popular o no, te ayudará aprender a escucharte sin pensar en los demás.

El segundo paso es comunicarlo: como decía anteriormente, esto puede ser incómodo en un inicio, pero con el tiempo y la práctica esto se facilita. También, recuerda que tú no eres responsable de cómo se siente la otra persona. Naturalmente si toda la vida has sido una persona complaciente, a las personas a tu alrededor no les va a gustar que comiences a poner límites, pero recuerda que esto es un acto de amor propio y te estás escogiendo a ti sobre los y las demás. 

Melody Beattie, experta en codependencia dice que no podemos poner un límite y al mismo tiempo estar cuidando cómo se pueden sentir las demás personas.

El último paso es entender que no tienes por qué dar explicaciones: a las demás personas no debes convencerlas de cómo te sientes o de tu límite. Puede ser que simplemente no quieres ir a un lugar al que te invitaron o no te nace hacer un favor y es válido contestar –En esta ocasión no lo haré, pero probablemente para la próxima sí –. Inclusive si la persona te pregunta el por qué puedes decir –Porque no quiero – y no tienes por qué dar más explicaciones. Recuerda que al decirlo no tienes que hacerlo de una forma agresiva, puedes comunicar límites claros y rígidos con mucha amabilidad e incluso con cariño.

Una vez que aprendemos a poner nuestros límites, también nos será más fácil identificar y respetar los límites que nos ponen los y las demás, siendo estos límites tan importantes como los nuestros. Habiendo entendido y aceptado que nadie nos debe nada, ni complacencias, ni explicaciones, podremos valorar mucho más lo que las demás personas hacen por nosotros y nosotras.

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