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Alguna vez escuché una frase que decía “ni picha, ni cacha, ni deja batear” y es que no creo poder encontrar un dicho que describa mejor el fenómeno relacional del que me gustaría platicarles hoy.

Hace unos años me encontré en una situación en la que salía con una persona con quien teníamos una relación ideal y había mucho amor, pero no había un compuesto importante que es el compromiso. O sea que esta persona quería tener toda la parte atractiva de una relación, pero no comprometerse por completo. Me daba la sensación como si tuviera un pie adentro y un pie afuera de la relación, y me hacía preguntarme “¿qué demonios hago yo en esta situación?”. Hoy en día viéndolo en retrospectiva puedo entender que la solución era una sola y era simple, sin embargo estas situaciones son confusas porque por un lado dos personas no quieren lo mismo, pero por el otro lado la relación tiene casi todo lo que a una de ellas le gusta. 

Las últimas semanas me he topado con varias y varios pacientes que atraviesan una situación muy similar, ya sea que son las personas que quieren todo el compromiso o quienes solo quieren una parte de la relación, pero no terminan de entregarse por completo.

Probablemente las razones por las que esto se da son diversas y aún así podría casi asegurar que están basadas en el miedo. Intentar entender el por qué una persona no quiere lo mismo que nosotras o nosotros, en lo personal, me parece una pérdida de tiempo y energía mental. 

Lo que sí sé es lo siguiente, cuando nos hemos percatado que nuestros objetivos y deseos para la relación no son los mismos es importante tomar en cuenta estos dos puntos:

  1. Si tú eres la persona que desea tener toda la relación y la otra persona no la quiere, recuerda: NO PUEDES CAMBIAR A NADIE. No intentes convencer o intentes dar más de lo que en un principio no se está valorando. Si deseas quedarte en esta situación esperando a que cambie, debes tomar en cuenta que es un volado y probablemente no salgas triunfante. 
  2. Si eres tú quien no quiere tener la relación completa, respeta la decisión y el corazón de la otra persona. Es importante que hables con claridad lo que deseas aunque esto signifique que probablemente termines perdiendo la parte de lo que si te gusta de la relación. 

Algo sumamente importante es que ya seas tú o tu pareja quien no quiera entrar por completo en la relación, por favor cierra bien esa puerta. Por lo general, la persona que no quiere el compromiso es a quien le cuesta más trabajo realmente retirarse de la situación, porque es él o ella quien está recibiendo lo que desea (la relación sin el compromiso). Así que sin importar si eres tú quien no está recibiendo lo que desea o si eres tú quien no puede dar lo que tu pareja desea, por favor, no te quedes por conveniencia. 

Me atrevo a decir que quedarse puede ser incluso un abuso cuando tú estás recibiendo lo que deseas a la par que únicamente alimentas a la otra persona con falsas esperanzas de que “algún día..” querrás lo mismo que él o ella. De ser así te propongo lo siguiente, suelta a la otra persona y no te quedes a media puerta. En caso de algún día querer lo mismo, vuélvele a buscar. Por supuesto que en la espera está el peligro, pero quedarse a media puerta, con un pie dentro y otro fuera, es un acto egoísta. 

Queda claro que en un equipo de baseball, quien no picha, ni cacha, ni deja batear, únicamente estorba. 

Las rupturas duelen, ya sea por relaciones súper largas o por relaciones que no tuvieron un título, sin importar si fuiste tú quien decidió terminar o si fue tu ex pareja, de igual manera duelen. Para casos de rupturas amorosas, te recomiendo los episodios de mi podcast “El proceso después de cortar”, “Tips para superar a tu ex” y “Desintoxicate de tu ex”.

Si te interesan estos temas, puedes encontrarme en Instagram como @eva_latapi y escuchar mi podcast en el que todos los miércoles tengo un nuevo episodio en Apple Podcast, Youtube o Spotify. De todos modos, nos leemos la próxima semana en un nuevo artículo, aquí en el blog.

Probablemente cuando piensas en el término “juguete sexual”, la primera imagen que te viene a la mente sea la de un dildo con forma fálica e incluso de apariencia intimidante. Sin embargo, en los juguetes sexuales hay una diversidad impresionante en tamaños, formas y funciones. 

En esta ocasión les hablaré sobre la diferencia entre dildo y vibrador, que anteriormente se conocía como consolador, un término que quedó completamente vetado ya que es inapropiado y erróneo pues no está “consolando” a nadie. Dicho esto, es importante aclarar que un dildo y un vibrador son dos cosas diferentes. 

¿Qué es un dildo?

Un dildo es un juguete sexual que por lo general no tendrá vibración propia. Otra característica del dildo es que comúnmente tienen forma fálica. Sin embargo, cada vez hay más diversidad, como dildos en forma de dragón, otros en forma de helado o dildos de doble cabeza. Generalmente, el dildo se utiliza para penetración, ya sea vaginal, anal o por la boca, sin embargo la forma en la que se utilizan varía y depende de la imaginación de las y los usuarios de un dildo.

Los dildos no son ninguna novedad, ya que hay registro de ellos desde la época paleolítica y eran creados de diferentes materiales, como madera, piedra o hueso.

Una pregunta con la que me he topado bastante es “¿Cómo puedo hacer mi propio dildo?”. Esto no es algo que yo recomiende, ya que uno de los puntos más importantes al momento de escoger cualquier juguete sexual es el material, pues un material poroso puede acumular bacteria y causar alguna irritación o infección, por eso siempre recomiendo comprar juguetes de silicona médica (es tu cuerpito, cuídalo).

¿Qué es un vibrador?

Como lo dice su nombre, un vibrador vibra y estos tampoco son novedad. De acuerdo con Philippe Brenot, psiquiatra y antropólogo, Cleopatra fue la creadora del primer vibrador. Este vibrador consistía en un papiro enrollado con abejas en su interior y con el revoloteo de las mismas creaba una vibración. Sin embargo, en 1880 esta modalidad de juguete sexual se utilizó de una forma completamente diferente, puesto que se comenzó a utilizar como un remedio médico y se promovía como cura para diferentes males, desde el dolor de cabeza hasta la pérdida de peso. El vibrador se estigmatizó y su reputación cambió entre 1920 y 1950 ya que fue muy utilizado en videos pornográficos. 

Los vibradores pueden variar en su tamaño, forma y uso. Pueden ser para uso externo o interno. Los vibradores de uso externo sirven para estimular el órgano sexual más largo que tenemos, que es la piel, principalmente en las zonas erógenas, como los labios internos, los labios externos, el clítoris, los pezones, el ano o el periné.

Por otro lado, los vibradores internos que son por lo general en forma fálica o en forma de huevo, sirven para ser introducidos por el canal vaginal o por el ano. Los vibradores además de estimular la piel y los genitales externos, también estimularán el clítoris (de forma indirecta) y el punto G. 

Los dildos y los vibradores sólo son dos opciones en una vasta y diversa lista de juguetes sexuales que hay en el mercado, siendo de los más populares y utilizados. 

Ahora que ya sabes la diferencia entre ellos y que te empapaste un poquito de los distintos usos que tiene cada uno, te invito a que explores la parte más bonita de la sexualidad que es explorar con ellos por tu cuenta. Recuerda que tu imaginación es el límite y el placer es personal, así es que siempre puedes encontrar nuevas formas de utilizarlos para poder conectar con tu placer y/o el de tu pareja.

Recuerda que si te interesan estos temas puedes escucharme todos los miércoles en mi podcast “Superalo Por Favor”, disponible en las diferentes plataformas como Spotify, Youtube o Apple Podcast. También comparto información relacionada en mi instagram @eva_latapi. De todos modos, nos leemos la próxima semana en otro artículo, aquí en el blog.

Referencias:

https://unboundbabes.com/blogs/magazine/difference-between-vibrator-and-dildo

Hace unos días mientras platicaba con mi hermano Pablo, me recomendó escuchar el episodio sobre “El Duelo” del Podcast de Ram Dass, quien fue un importante maestro espiritual, y en ese episodio menciona una frase que me ha dejado pensando desde entonces:

“El duelo es la revelación de la pérdida de un sueño”.

A lo largo de los últimos 11 años he estudiado el duelo y he trabajado con él tanto de forma individual como profesional. Sin embargo durante todos estos años yo misma había estado buscando una respuesta y esa frase de Ram Dass me dejó con una sensación de haberla respondido.

El duelo es pantanoso, confuso y no es lineal. Lo atribuimos a las pérdidas más significativas, pero en realidad está presente todos los días de nuestra vida. Puede ser por pérdidas muy importantes, por pequeños detalles que nos duele perder, por pérdidas inmediatas o por pérdidas que tenemos de forma paulatina. 

Pienso en los y las pacientes con quienes he trabajado que han perdido hijos o hijas y puedo ver la pérdida de ese sueño del que habla Ram Dass. El sueño de verles crecer y todas las ilusiones que se van tejiendo inclusive antes de un embarazo. También veo la pérdida de un sueño cuando las parejas terminan una relación que construyeron con toda la ilusión y la esperanza del futuro, y cuando vienen a terapia me presentan los pedazos de ese sueño que alguna vez tuvieron. 

Me atrevo a decir que en la vida vamos creando nuestra identidad alrededor de estos sueños, y cuando mueren, cuando se pierden, se pierden con ellos nuestra identidad y debemos crear una nueva. Como el padre que perdió a su hijo en unas vacaciones y de pronto deja de ser “el padre de…” o como una amiga que toda la vida fue conocida como la “hija de…” y perdió a su papá en la pandemia; o esa pareja que a pesar de haber tenido una identidad individual, compartían un “nosotros” o “nosotras”. El duelo es el resultado de la pérdida, la pérdida de identidad, la pérdida de los planes a futuro, la pérdida de la acumulación de nuevos recuerdos, o de ese idioma que solo se hablaba con esa persona que se ha perdido.

El duelo, duele y a pesar de tener un inmenso respeto por él, la verdad es que no me gusta atravesarlo ni ver a las personas que quiero en el proceso de hacerlo, sin embargo, al mismo tiempo estoy consciente de la maravillosa transformación que trae con él. El duelo es esa tormenta de arena de la que habla Haruki Marikami cuando habla del destino:

A veces el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo intentando evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez. Como una danza macabra con la Muerte antes del amanecer. Y la razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y que no guarde relación contigo. Esta tormenta, en definitiva eres tú. Es algo que se encuentra en tu interior. Lo único que puedes hacer es resignarte, meterte en ella de cabeza, taparte con fuerza los ojos y las orejas para que no se te llenen de arena e ir atravesándola paso a paso. Y en su interior no hay sol, ni luna, ni dirección, a veces ni siquiera existe el tiempo. Allí solo hay una arena blanca y fina, como polvo de huesos, danzando en lo alto del cielo. Imagínate una tormenta como ésta.

Y realmente tendrás que superar esa violenta, metafísica y simbólica tormenta. No importa cuán metafísica o simbólica pueda ser, no te equivoques al respecto: te cortará la piel como mil hojas de afeitar. La gente sangrará allí y tú también sangrarás. Sangre roja y caliente. Esa sangre caerá en tus manos, tu propia sangre y la sangre de los demás.

Y cuando la tormenta de arena haya pasado, tú no comprenderás cómo has logrado cruzarla con vida. ¡No! Ni siquiera estarás seguro de que la tormenta haya cesado de verdad. Pero una cosa sí quedará clara. Y es que la persona que surja de la tormenta no será la misma persona que penetró en ella. Y ahí estriba el significado de la tormenta de arena.

La tormenta de la que habla Marikami, también nos dará la sensación que es algo que solo nos pasa a nosotros o nosotras, y la razón de esa sensación es que el duelo es personal e individual y cada quien lo elaborará de una manera diferente.

Me gusta utilizar a ambos autores para hablar del duelo a partir de diferentes visiones, y lograr un entendimiento más amplio de un tema que todas y todos vamos a atravesar en algún momento mientras estemos en vida.


Si te interesan estos temas me puedes encontrar en Instagram como @eva_latapi o puedes escuchar mi Podcast en Youtube, Spotify o Apple Podcast. Te recomiendo ampliamente el episodio “Supera el miedo a hablar de la muerte” o “El proceso después de cortar” si quieres saber más sobre el duelo. Nos leemos la próxima semana con un nuevo artículo. 

Hay días que son más difíciles que otros. También hay temporadas que son más difíciles que otras. Lo que he aprendido es que por más difícil que sea el día hay momentos de plenitud y que por más difícil que sea la temporada hay días que son buenos.

Dicho esto, me gustaría normalizar el tener un día difícil o un día desagradable. Por más plena que me he sentido en esta etapa de mi vida, hay días que me cuestan trabajo y me pesan. Pareciera que está mal no estar bien absolutamente todo el tiempo, pero todas y todos vamos a tener días más placenteros que otros, eso es un hecho. 

Hace tres semanas tuve un día que pareciera que mi único enfoque eran las cosas malas que pasaban. Me desperté como siempre a las cinco de la mañana y no quería levantarme, me sentía baja de ánimo y de energía, pero con todo el pesar del mundo me desperté. También como todos los días, los primeros veinte minutos despierta los dediqué a meditar y mientras meditaba en flor de loto en mi balcón, mi perrita por alguna extraña razón pensó que sería buena idea brincarme a las piernas para acostarse en mí. Me enojé tanto por esa acción inesperada que me costó mucho trabajo volver a concentrarme y relajarme (aunque ahora me da risa el recuerdo y el posible susto que ella se llevó con mi reacción). Llegué a correr y mis audífonos no se habían cargado, tuve que correr una hora en silencio y estoy segura que cada uno de los 60 minutos me estuve quejando mentalmente. Al llegar a mi casa mi vecina le pegó a mi carro. Eran las 9 a.m. y ya sentía que esas primeras horas del día habían durado semanas.

Me di cuenta que tenía una pésima actitud y no podía seguir así, necesitaba pausar y pensar. Decidí detenerme y reconocer que no estaba teniendo un buen día. Independientemente de los sucesos desafortunados, me había despertado de malas y un tanto triste. Así que me permití sentirme así y reconocer que hay días que cuestan más trabajo y eso está bien. Ese definitivamente no era el primero, ni último día desagradable en mi vida. Así es que me di chance de tener un mal día, e hice algunas reflexiones que me dije a mí misma para sobrellevarlo y hoy se las comparto:

1.- Todo es pasajero: los momentos, días, o temporadas desagradables no vienen para quedarse. Están de paso (así como los momentos agradables también). Por más difícil que tu día sea, únicamente tiene 24 horas para suceder y después pasa. Me gusta usar la analogía de los cólicos menstruales (o los calambres musculares, en caso de que no tengas útero), que son inmensamente desagradables, pero son solo instantes. Por más mal que te la estés pasando, los peores momentos solo vienen, incomodan y se van.

2.- Todo es cuestión de narrativa: nuestra realidad está basada en la narrativa que nos contamos de la misma. Si continuamente estamos en espiral con la interpretación de nuestro día, solo logramos hacerlo más pesado. A mí me sirve pensar que esos días me permiten valorar los días agradables y que en vez de ser “días malos” con “días que me están formando el carácter”.

3.- Se vale pedir ayuda: este es el punto que más trabajo me cuesta, poder decir que la estoy pasando mal y que necesito ayuda. Con ayuda no me refiero a que buscarla necesariamente desaparecerá el día incómodo, pero es bonito tener compañía en los momentos desagradables.

4.- Ponle una intención: este punto me da la sensación de que tengo voz y voto en como me siento. Por lo que los días que me cuestan más trabajo, me propongo a encontrar momentos en los que me pueda divertir o pausar. No me fuerzo a tener un buen día, me permito tener un día que no me sienta bien. Sin embargo, me permito tener la curiosidad de tener momentos agradables que me alegren un momento.

Estas son las reflexiones a las que he llegado al analizar los días que me cuestan más trabajo. No lucho contra ellos para que dejen de ser malos, ni tampoco me fuerzo a tener un gran día, porque la verdad es que no pasa nada, está bien no estar bien y no tendríamos por qué tener puros días maravillosos. Normalicemos el no sentirse al 100% todos los días, pues en ocasiones simplemente despertaremos sin sentirnos bien o habrá circunstancias fuera de nuestro control que no nos permitirán tener el mejor de los días.

Recuerda que si te interesan estos temas puedes escuchar mi podcast “Supéralo Por Favor” disponible en todas las plataformas digitales de audio, de todos modos nos leemos el próximo viernes en un artículo más aquí, en mi blog.

Una de las razones por las que más nos cuesta trabajo avanzar en los proyectos y cumplir nuestras metas son las distracciones digitales. Vivimos en una era donde nuestro celular y las notificaciones en la computadora son una distracción muy demandante. Recuerdo que cuando era niña y apenas empezaban a existir los celulares, las llamadas eran a los teléfonos fijos. Inclusive recuerdo que había una libreta donde se anotaba el número y el mensaje de las persona que no había podido localizar a la persona que buscaba. Al llegar a casa la persona revisaba la libreta y decidía si regresaba la llamada en ese momento o al día siguiente (inclusive tal vez nunca).

Hoy en día, en la era de los mensajes instantáneos, quienes nos quieran localizar, tienen acceso inmediato a nosotras y nosotros a través de múltiples medios y apps, inclusive podemos ver si ya han recibido nuestro mensaje y si han decidido dejarnos en “visto”.

Como terapeuta relacional he trabajado infinidad de problemas en los que las relaciones (no únicamente de pareja, sino en general) se han visto afectadas por la comunicación que se transmite y es interpretada a través de los mensajes instantáneos. 

Por alguna razón sentimos que le debemos una respuesta inmediata a quien nos busca y de la misma manera pensamos que las personas a quienes buscamos nos la deben, sobretodo si están “en línea”. Esto provoca que nos ofendamos al no obtener una respuesta inmediata, ya que lo sentimos como una forma de rechazo, creando una dinámica que personalmente no creo que favorezca a las relaciones interpersonales. 

Llevo unos meses reflexionando en esto y me he permitido recordar que en estricto sentido, yo no le debo una respuesta a nadie y de igual forma nadie me debe una respuesta a mí. Me he liberado de la presión de responder lo antes posible a aquellas personas que me escriben y he de confesar que el resultado me ha venido muy bien, aunque, por supuesto hay a quienes no les ha parecido esta postura y consideran una falta de respeto que mi respuesta no sea inmediata o inclusive, si así lo decido, que tarde un par de días en responderles. 

Te invito a reflexionar, ¿por qué debemos de responder de forma inmediata? ¿por qué creemos que alguien nos debe una respuesta únicamente porque leyó lo que hemos mandado? ¿cuánto tiempo perdemos por estar respondiendo los mensajes que recibimos?

Uno de mis pacientes es arquitecto y en su día a día debe atender tanto el área de trato directo con sus clientes, como el área creativa, diseñando planos. Su trabajo fluctúa constantemente entre responder los mensajes o llamadas de sus clientes, y diseñar los proyectos de esos mismos clientes. Con tal de poder responder y estar al tanto de las necesidades de cada proyecto durante el día, optó por sacrificar sus horas de sueño para trabajar en la parte creativa ya que en las noches nadie le busca y puede diseñar “en paz”. 

Considerando que en promedio tardamos hasta 23 minutos para poder volver a concentrarnos en lo que estábamos haciendo después de una interrupción o una distracción ¿cuánto tiempo creativo perdemos en estos lapsos? ¿cuánto tiempo de creación pierde mi paciente por las distracciones de sus clientes?

Inmensamente inspirada por el trabajo que hemos hecho en terapia, he reflexionado más en este asunto y lo he compartido con él. El resultado fue un plan de trabajo en el que pone en modo avión su celular, apaga las notificaciones de su computadora y se concentra en crear por una hora y media en bloques de la Técnica de Pomodoro, que consiste de 25 minutos de trabajo sin distracciones y cinco minutos para descansar, caminar, ir al baño o tomar agua, pero por ningún motivo utilizar el celular. Después de tres de estos bloques utiliza un bloque de 25 minutos para revisar su celular, correo, mensajes e inclusive darse una vuelta por las redes sociales. Me ha sorprendido cómo el estrés ha disminuido considerablemente en mi paciente y lo productivo que me ha reportado que se ha sentido. Este es un caso tangible en el que con resultados laborales, se puede ver el efecto de dejar a un lado las distracciones digitales, demostrando que también es un método muy útil para permitirnos estar en el momento presente y disfrutar a las personas que tenemos frente a nosotras y nosotros, así como para poder conectar de forma individual en nuestro tiempo a solas.

Te invito a que te permitas no estar disponible y que todo ese tiempo que dedicas para los y las demás a través de tus dispositivos digitales, mejor lo utilices para ti, tus proyectos y la gente que está presente contigo. Porque al final del día no le debes nada a nadie y tampoco les debes una respuesta inmediata. Normalicemos el responder o contactar a quien nos busca cuando podamos y queramos, ya que la mayoría de las veces que intentan contactarnos no es para una emergencia que merezca sacrificar nuestras prioridades.

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Quienes me siguen en Instagram (@eva_latapi) tal vez ya se han enterado que desde hace unos meses me he estado preparando para un maratón junto con un grupo de corredoras. En mis años de universitaria seguido escuchaba frases como – La vida no es un sprint, es un maratón – o – No se trata de ir rápido, sino de mantener el paso e ir constante –. Sin embargo, nunca nadie me habló de la verdadera preparación que se requiere para correr un maratón. En mi experiencia, esta ha sido la mayor prueba de paciencia, disciplina y constancia a la que me he enfrentado. 

Todos los días me despierto a las 5 de la mañana para poder hacer mi ritual matutino e irme a correr antes de que salga el sol. Aún no sé si me despierto porque me gusta correr o por la sensación de ver el amanecer mientras estoy corriendo con mi equipo. Sin embargo, hoy escribo este artículo llena de frustración, pues hace unos días me lesioné un músculo del que ni siquiera sabía su existencia hasta que se manifestó con dolor y ahora me cuesta trabajo inclusive caminar. Al día de hoy llevo tres días sin poder correr y dos visitas al fisioterapeuta.

En estos días de no poder siquiera trotar o caminar a un paso acelerado para seguir con mi entrenamiento, me di cuenta que no quiero parar para recuperarme de la lesión, no quiero perder este momentum, ni el paso y la condición que ya he logrado. Aún así, la vida me detiene y me obliga a parar, a recalibrar, a descansar y sanar para seguir avanzando.

En esta ocasión utilizaré la disciplina de correr como analogía con la vida, pues he llegado a entender que soy una persona a la que le cuesta trabajo parar y tal vez inclusive, empezar. Una vez que traigo el paso, no paro, pero arrancar no me gusta; me incomoda el cuerpo, me duelen las articulaciones y me repito constantemente –¿Quién crees que eres tú para hacer esto?, ¿Qué haces aquí?–. Lo pienso en la vida y en la corrida también, aún así, sigo y sigo hasta que casi por inercia mi cuerpo sigue acumulando pasos y con ellos kilómetros y entonces cuando me empezaba a sentir imparable, vino la lesión que me obliga a parar.

Esta mañana, mientras mi equipo corría, me vino a la mente escribir sobre este tema que hoy lo lees tú, pero tal vez en el fondo me lo escribo a mí misma, porque la vida me grita que pare, que descanse y hoy fue mi cuerpo quien me lo gritó.

Los últimos dos libros que he leído (Limitless de Jim Kwik y El código de las mentes extraordinarias de Vishen Lakhiani) hablan de la importancia de descansar y parar para lograr cualquier cosa. Uno de los mitos que existen en nuestra sociedad es que tenemos que hacer más para lograr más, a lo que los estadounidenses llaman “The Rat Race” (o la carrera de ratas). Tan pronto como despertamos en la mañana, la cabeza ya está a mil por hora, estamos en una actividad y ya estamos planeando y preparando las siguientes. Sin embargo, este exceso de actividad tiene un único destino que es el “burn out” o una lesión.

Nuestro cuerpo de forma natural nos pide descanso todos los días para poder continuar. Un cuerpo que no descansa eventualmente deja de funcionar, pues cuando dormimos el cerebro aprovecha para guardar y consolidar lo que hemos aprendido en la memoria. También libera la hormona de crecimiento lo que permite que nuestros músculos y huesos se reparen, nuestro sistema inmunológico se fortalezca y mejore nuestra piel, entre otras cosas. Si estos son algunos beneficios de parar y descansar físicamente, ahora imaginemos la importancia de parar en la vida.

Contrario a lo que se cree, trabajamos mejor cuando hay una pausa. Es más, cuando descansamos, nuestra mente creativa despierta y por eso tenemos esas ideas tan formidables en la regadera. Por eso la tan famosa técnica de productividad de Pomodoro, creada en la década de 1980 por Francesco Cirillo, la cual sugiere trabajar 25 minutos seguidos y tomar un descanso de 5 minutos.

Hoy te invito y me recuerdo a mi misma a parar para poder sanar, para poder recalibrar, para poder redireccionar y para poder avanzar. Porque no, la vida no es sólo un maratón. La vida también es la preparación previa al maratón y esto incluye días buenos, días en los que el cuerpo no responde y otros en los que nos obliga a descansar para fortalecer otros músculos y seguir adelante con nuestros objetivos.

Recuerda que si te interesan estos temas, puedes encontrarme en Instagram como @eva_latapi y en Facebook como Eva Latapi. También tengo un Podcast llamado “Supéralo Por Favor” con capítulos nuevos todos los miércoles que puedes escuchar por Youtube, Spotify y Apple Podcast. De todos modos nos leemos el próximo viernes en otro artículo aquí en mi blog.

¿Te pasa que te cuesta trabajo decir “NO”? ¿Terminas cediendo a los favores que te piden otras personas y terminas sacrificando tu tiempo? Entonces te hace falta aprender a poner límites. 

Yo crecí intentando ser la niña “buena”, la que no se metía en problemas y ayudaba a los demás. Cuando tenía 7 años una tía me dijo que tuviera cuidado con ser tan buena porque podía caer en ser “buenita”, cuando le pregunté qué era ser “buenita”, me dijo que era ser “tonta”. Aunque esas palabras me quedaron muy marcadas desde hace más de 20 años, no terminé de entender lo que me dijo mi tía hasta que comencé a estudiar las relaciones interpersonales en la maestría.

Aún ya siendo adulta, creía que decir “NO” era ser egoísta y que debía continuar siendo complaciente con las demás personas. Inclusive juzgaba a quienes frecuentemente decían “NO” y que rara vez se ofrecían a apoyar a alguien más. Ahora entiendo que decir “NO” es una manera de poner límites.

Es importante entender que saber poner límites no nos hace personas egoístas. Al saber establecer y respetar nuestros propios límites en realidad lo que estamos haciendo es un acto de amor propio. Otra ventaja de los límites es que nuestra autoestima se fortalece y nuestras relaciones interpersonales se vuelven más sanas, ya que al poner límites, trazamos una frontera que delimita dónde terminas tú y dónde comienza la siguiente persona.

Durante la niñez es poco común que nos enseñen a decir “NO”, por lo que puede ser difícil comenzar a hacerlo ya que al principio te resultará incómodo o inclusive es posible que ni siquiera sepas por dónde empezar e identificar cuándo es momento de poner un límite.

Los límites se deben establecer cuando sientes que algo te incomoda o algo te hace daño, independientemente de lo que digan las demás personas. Pueden ser desde cosas físicas como algo que afecta a tu cuerpo, hasta cosas emocionales que afectan a tus pensamientos. Un ejemplo de una incomodidad física, es cuando estás en un salón de clases y tienes frío pero alguien más en el mismo salón tiene calor y pide que se le baje aún más a la temperatura, dando lugar a que tengas que poner un límite incluso si al mencionar que tienes frío la otra persona dice – Estás mal, no hace frío, hace calor–. Por otro lado, una incomodidad emocional se da frecuentemente cuando tú le haces saber a alguien más que algún comportamiento que tuvo te lastimó y la respuesta que recibes es –No exageres, no pasó nada –, dando lugar a que debas poner un límite ante la forma de juzgar tus emociones.


Los límites son como un músculo, entre más los pongas más fácil te será decir “NO”, ya que como lo he dicho en otras ocasiones, todo lo que construya hacia el amor propio, debe convertirse en un hábito.

Para comenzar a establecer límites, les comparto una serie de pasos que les ayudarán a identificar las situaciones que lo ameriten y la manera de llevarlo a cabo:


El primer paso es el autoconocimiento: saber qué te molesta y qué te hace sentir incomodidad, independientemente de si esto es la opinión más popular o no, te ayudará aprender a escucharte sin pensar en los demás.

El segundo paso es comunicarlo: como decía anteriormente, esto puede ser incómodo en un inicio, pero con el tiempo y la práctica esto se facilita. También, recuerda que tú no eres responsable de cómo se siente la otra persona. Naturalmente si toda la vida has sido una persona complaciente, a las personas a tu alrededor no les va a gustar que comiences a poner límites, pero recuerda que esto es un acto de amor propio y te estás escogiendo a ti sobre los y las demás. 

Melody Beattie, experta en codependencia dice que no podemos poner un límite y al mismo tiempo estar cuidando cómo se pueden sentir las demás personas.

El último paso es entender que no tienes por qué dar explicaciones: a las demás personas no debes convencerlas de cómo te sientes o de tu límite. Puede ser que simplemente no quieres ir a un lugar al que te invitaron o no te nace hacer un favor y es válido contestar –En esta ocasión no lo haré, pero probablemente para la próxima sí –. Inclusive si la persona te pregunta el por qué puedes decir –Porque no quiero – y no tienes por qué dar más explicaciones. Recuerda que al decirlo no tienes que hacerlo de una forma agresiva, puedes comunicar límites claros y rígidos con mucha amabilidad e incluso con cariño.

Una vez que aprendemos a poner nuestros límites, también nos será más fácil identificar y respetar los límites que nos ponen los y las demás, siendo estos límites tan importantes como los nuestros. Habiendo entendido y aceptado que nadie nos debe nada, ni complacencias, ni explicaciones, podremos valorar mucho más lo que las demás personas hacen por nosotros y nosotras.

Recuerda que si te interesan estos temas, puedes encontrarme en Instagram como @eva_latapi y en Facebook como Eva Latapi. También tengo un Podcast llamado “Supéralo Por Favor” con capítulos nuevos todos los miércoles que puedes escuchar por Youtube, Spotify y Apple Podcast. De todos modos nos leemos el próximo viernes en otro artículo aquí en mi blog.

En el 2015 comencé a dar clases de control de ira en Hawthorne, California. A diferencia de México, el sistema judicial en Estados Unidos hace obligatoria tomar esta clase para muchas personas que atraviesan asuntos legales. Por lo general, personas agresoras de violencia. A lo largo de cuatro años que  estuve a cargo de esta clase, tuve la fortuna de conocer a las personas más intimidantes con las que he trabajado, lo cual me permitió entender muchísimo del enojo y conectarme con la compasión.

Por alguna extraña razón, el enojo es más aceptado socialmente que otras emociones como el miedo, la tristeza, la culpa o la vergüenza. Una persona enojada es una persona que puede imponer poder y fuerza. Sin embargo, el mayor hallazgo que tuve mientras facilitaba estas clases es que el enojo normalmente enmascara otro sentimiento que nos es incómodo. Me gusta llamarlos sentimientos incómodos, porque todos los sentimientos y emociones cumplen una función y aunque no nos guste tenerlos, no son buenos ni malos, simplemente son.

El enojo es como un iceberg, esos bloques de hielo flotantes que se desprenden de los glaciares o de una costa helada, y al estar sumergidos en el agua, lo único que podemos ver es una novena parte del bloque. Por debajo son enormes, pero por su mismo peso únicamente se asoma una pequeña parte de este.

Lo mismo pasa con el enojo, el enojo es la máscara que presentamos, pero el enojo en la gran mayoría de los casos no es enojo, sino cualquier otra emoción que de manera inconsciente no queremos sentir ya sea por que nos causa dolor o nos da miedo y por ende utilizamos el enojo como mecanismo de protección. 

Esto me hace pensar en esas personas que consideramos “enojonas”, pero que en realidad son personas que se están protegiendo de otras emociones que ellos mismos sienten podrían hacerles daño y utilizan el enojo para enmascararlas y evitar sentirlas.

Les voy a contar la historia de cuando tenía 7 años y mi papá me llevó a aprender a andar en bici. Yo desde el principio tenía mucho miedo que le quitaran las “llantitas” de apoyo a mi bicicleta y no quería intentarlo. Mi papá me animaba mientras mis hermanos dominaban por completo el manejo de la bici sin las “llantitas”. 

En algún punto del día, decidí que la mejor forma sería ir a lo que yo veía como una colina muy inclinada (a la que regresé años después y no lo era), tomar vuelo y utilizar la gravedad a mi favor para poder tomar velocidad. Llegué a la colina y cuando tomé el impulso sentí como la bicicleta iba cada vez más rápido, de pronto sentí como el miedo se apoderó de mí, perdí el control por completo y sin pensarlo dos veces, decidí saltar de la bicicleta creyendo que podría aterrizar como ninja. 

Claro que no todo resultó como lo imagine; cuando intenté saltar de la bicicleta en movimiento lo que en realidad sucedió es que rodé con ella. Fue vergonzoso porque los demás niños y niñas me vieron y también sentí miedo por todos los raspones y sangre que tenía. Mi papá corrió hacía mí fúrico, me levantó con un brazo y con el otro recogió la bicicleta, llamó a mis hermanos y les dijo que se subieran a la camioneta, aventó la bicicleta en la cajuela y no me dirigió la palabra inclusive mientras curaba mis heridas en la casa. Yo me sentía muy confundida por el enojo tan grande que tenía mi papá y por muchos años cargué con la duda.

Tiempo después mientras yo estudiaba el enojo, le pregunté a mi papá si recordaba este suceso y me dijo que sí y cuando le pregunté si había sido miedo la emoción que enmascaró su enojo, me respondió que no, que en realidad él lo que sintió fue dolor. Dolor de no poder protegerme y dolor de verme toda raspada y ensangrentada después de mi hazaña.

Quitarse la máscara del enojo y adentrarse en la verdadera emoción que estamos teniendo puede generar mucho miedo. Sin embargo, el primer paso para trabajar cualquier emoción es reconocerla. No nos hace débiles conectarnos con el miedo, ni con la culpa, la vergüenza, el dolor o cualquier sentimiento o emoción que nos haga sentir vulnerables. Todo lo contrario, se necesita mucho valor para poder desenmascarar el enojo y ver al gigante maestro que se esconde detrás de él. 

La próxima vez que sientas enojo, te invito a reflexionar en las siguientes preguntas:

¿Qué sentimiento o emoción podría estar enmascarando mi enojo?

¿A qué le tengo miedo?

¿Qué pasaría si me atreviera a conectar con esta emoción?

Todos los días tenemos una oportunidad para conocernos más y conectar con nuestra esencia. Recuerda que si te interesa este tema puedes encontrarme en Instagram como @eva_latapi. También te invito a escuchar mi podcast “Supéralo Por Favor” todos los miércoles por Spotify, Apple Podcast y YouTube. De todos modos, nos leemos la próxima semana en otro artículo aquí en el blog.

Lo que más me gusta de ser psicóloga es poder ser testigo del increíble proceso de transformación que tienen las personas que vienen a terapia. Me maravillo de ver cómo comienzan la terapia hechos mil pedazos y cómo poco a poco comienzan a rearmarse con cada una de las piezas y se convierten en una versión más fuerte, más sana y sobre todo más consciente de sí mismos y mismas.

Para mí, es ver como una persona crea un jarrón de cero y viene con los trozos para rearmarlo cuando se le rompe. En la cultura japonesa, arreglan los jarrones rotos con oro líquido porque dicen que en las rupturas es por donde entra la luz. Me parece una hermosa analogía porque es verdad, es gracias a los momentos que sentimos que nos rompemos que somos capaces de rearmarnos. 

He tenido la dicha de trabajar con pacientes que deciden continuar la terapia una vez que se han armado por completo y también he tenido la experiencia de ver pacientes que regresan nuevamente después de haberles dado de alta, ya sea por querer seguir creciendo o porque tienen una nueva crisis. Cuando mis pacientes regresan a terapia, primero que nada agradezco la confianza y honro su proceso.

Como terapeuta yo creo que parte de la vida son las bajas, las crisis y las rupturas.

La terapia definitivamente no va a evitar que vuelvas a tener un mal momento en la vida, pues las lecciones y los momentos difíciles son parte de lo que la hace tan maravillosa, pero sin duda te dará herramientas para poder afrontarlo todo.

El año pasado estuve trabajando con un paciente que se recuperaba de una relación violenta y codependiente. Inclusive me pidió tener dos sesiones a la semana porque sentía que el proceso era más fuerte de lo que él podía soportar. Utilizamos la analogía de las adicciones, porque la codependencia se puede sentir como una adicción a otra persona. Hablábamos de los patrones y cómo tendemos a repetirlos. Unos meses dentro del proceso terapéutico conoció a una persona que representaba todos los patrones que había tenido su pareja anterior y completamente seguro me dijo –No hay manera que vuelva a caer en ese patrón –. Como a veces pasa, dejó de asistir a terapia. En ocasiones, las personas se sienten listas y deciden dejar la terapia sin previo aviso. Mi manera de trabajar es respetándoles su decisión y hacerles saber que aquí estoy cuando quieran retomarla.

Hace unos meses este paciente regresó, había empezado una relación con aquella persona que conoció el año pasado y nuevamente había caído por completo en los mismos patrones de codependencia y mismo tipo de violencia que habíamos trabajado el año anterior. –Vi todos los focos rojos desde que la conocí– me dijo, –pero me sentía bien y me sentí indestructible. Ahora estoy donde estaba hace un año, pero con alguien más. –

He estado reflexionando sobre este caso. Mi paciente reconoció los focos rojos y que aquella persona representaba todos los patrones de los que le había costado tanto trabajo sanar. Habíamos trabajado la relación consigo mismo y se sentía fuerte. ¿Qué le llevó a caer en exactamente lo mismo?, ¿por qué regaló su paz?

Se me viene a la mente una de mis analogías. Digamos que en la era de los nómadas el fuego era una de las cosas más preciadas para los clanes. Todo el tiempo debían transportarlo de un lugar a otro y era tan difícil volver a conseguirlo que incluso asignaban a un miembro del clan a cuidar de él.

Me gusta pensar que nuestra paz es este fuego que debemos cuidar. Esto no significa que por cuidarlo hay que quedarse paralizados o paralizadas, sino que debemos evitar situaciones donde pongamos en riesgo nuestra paz al ignorar conscientemente los focos rojos que desde un inicio pudimos identificar.

El dolor se olvida, hasta cierto punto. Recordamos que algo nos fue doloroso, pero no recordamos qué tanto nos dolió y tal vez es por eso que nos arriesgamos a caer en los mismos patrones. Lo sé porque a mí también me ha pasado.

La paz se construye poco a poco después de tener una crisis, cada quien construye su propia paz y una vez obtenida es importante cuidarla.

Cuando hacemos conciencia del esfuerzo que le hemos puesto en estar bien, en sanar, en levantarnos y rearmarnos, nos es más difícil arriesgar esa paz con cualquiera o en cualquier lugar. Esta paz está ligada al amor que nos tenemos y así como no arriesgaríamos a alguien que amamos, de la misma forma no tendríamos por qué arriesgarnos a nosotros o nosotras.

Nuestra paz es valiosísima y no podemos arriesgarla en relaciones donde hay más focos rojos que un árbol de Navidad, es una cuestión de amor propio y por lo tanto está bien decir –Gracias, pero me costó muchas tormentas esta calma para dejar que me la drenes, así es que, no gracias –.
Siempre habrá gente drenadora de paz y el problema no son estas personas, somos nosotros o nosotras que voluntariamente colocamos ese fuego tan sagrado en las manos equivocadas.

Recuerda que si te interesan estos temas puedes encontrarme en Instagram como @eva_latapi o escuchar mi podcast “Supéralo por favor” que tiene un episodio nuevo todos los miércoles y puedes escucharlo en Spotify, Apple Podcast o YouTube. De todos modos nos leemos el próximo viernes aquí, en el blog.

La primera vez que escuché hablar sobre la Tanatología fue cuando tenía 14 años. Una amiga de mi mamá había perdido a su mamá unos meses antes y le escuché  comentar que un libro le había ayudado en el proceso de sanación tras la muerte de su madre. En mi inmensa curiosidad llegó a mis manos el libro La rueda de la vida de Elisabeth Kübler-Ross y decidí leerlo. Para entonces yo aún no había perdido a nadie por muerte y tampoco tenía a ningún familiar o persona cercana enferma y aún así quedé fascinada con la lectura, al grado que supe desde ese momento que algún día estudiaría la especialidad en tanatología o terapia del duelo y 10 años después de haber leído aquel primer libro de Kübler-Ross así lo hice.

Hoy, a ocho años de haber terminado la especialidad en tanatología encuentro infinita utilidad en todo lo que he aprendido a lo largo del camino, desde ese día hace casi 20 años cuando la curiosidad me llevó a mirar en la cara a la muerte y así reconocer la mortalidad de mis seres queridos y principalmente la mía. 

La tanatología es el estudio de la muerte y la terapia del duelo. El duelo es ese proceso que atravesaremos seguido a una pérdida y como bien sabemos, las pérdidas no se dan únicamente cuando alguien cercano muere. Todas las personas estamos atravesando pérdidas constantemente y es muy común que no sepamos manejarlas, ni para nosotros mismos, ni cuando se trata de la pérdida de alguien más.

Existe un fenómeno al que mi papá ha llamado “Las olimpiadas del dolor”, que se da cuando compartimos algo que nos ha hecho daño y las demás personas comienzan a comparar nuestra situación con algo que en su experiencia fue más doloroso, dejando como resultado la minimización e invisibilización de nuestro dolor.  

El duelo, el dolor y las pérdidas no son una competencia. No debemos minimizar lo que vive la otra persona incluso si la intención es ayudarle a buscar una solución. Pareciera que el mensaje que estamos dando es –Eso no es tan doloroso, no sufras –. Sin embargo lo que nos duele, duele y las emociones no son lineales, no son lógicas y tampoco pueden racionalizarse para que dejen de doler así como así, por más que lo intentemos.

Me gusta utilizar la analogía del duelo como una ola de mar, ¿alguna vez te ha revolcado una ola de mar? Es una sensación muy desagradable en la que vives un momento caótico de significativa desorientación, no sabes dónde es arriba, dónde es abajo, luchas con la fuerza de la ola sin éxito, inclusive hay un punto en el que te sueltas y te dejas arrastrar solo para poder tomar fuerzas y así poder salir de la ola. Yo crecí al lado del mar, donde más de una vez las olas me revolcaron y considero precisa esta analogía porque aunque ser revolcado por una ola dura instantes, puedo decir que es muy parecido a las veces en que la vida también me ha revolcado, sintiéndome desorientada. 

A cada quien nos revuelca una ola diferente y comparar nuestro dolor con el dolor de las demás personas sería como escuchar a alguien decir que lo está revolcando una ola en Cancún (que no se caracterizan por ser particularmente grandes) y responder –Esto que estás atravesando no es nada. A mí me revolcó una ola en Oaxaca – (que es conocido por sus olas gigantes). Es ridícula la comparación, además de que la información es innecesaria. La persona que está siendo revolcada, está siendo revolcada no importa lo que hayas pasado o si es más fuerte o menos fuerte a tu parecer. ¿Quién decide qué duele más o qué duele menos? 

“El duelo más doloroso es el tuyo” dice Edithe Eger, sobreviviente del holocausto y doctora en psicología. Cada quien tiene su propio duelo y no tenemos por qué comprarlos. 

Como ejemplo está el año que hemos vivido con la pandemia, en el que todos y todas hemos perdido a alguien o algo. 

En el episodio Grief and Finding Meaning (Duelo y encontrando significado) del podcast Unlocking Us, David Kessler en su entrevista con Brené Brown, habla de las diferentes pérdidas que hemos tenido de forma global tras la pandemia y me pareció muy acertado que también mencionó a los niños y niñas que perdieron la vida que tenían antes de la pandemia, yendo a la escuela, conviviendo con sus amistades y viviendo su rutina. Como personas adultas sería muy fácil minimizar esas pérdidas, pero para una persona de esa edad, esa rutina era su mundo y hay que honrar y respetar el duelo que conlleva cada quien, sin importar la edad que tenga. 

En este momento de la historia en que la pérdida y la muerte han estado tan presentes, tratemos de no comparar dolores, pues no hay medallas a quién ha tenido la pérdida más significativa. Todo el mundo ha perdido algo o a alguien y todas las pérdidas pueden ser dolorosas. Así que te invito a que si alguien menciona el dolor que atraviesa por las pérdidas que está atravesando, escuchale, honra y respeta ese dolor y si necesitas que alguien escuche el tuyo, hablalo, pero no lo compares. El dolor sale con la expresión, no intentes buscar una solución o palabras de alivio minimizando el dolor de alguien más y tampoco compares aquello que te duele con pérdidas que a tu parecer son “más grandes” con la intención que te deje de doler. El dolor duele, déjalo doler para sanar.

Si te interesa más el tema de las pérdidas, te recomiendo el episodio número 4 de mi podcast “Supéralo Por Favor” llamado Supera el miedo a hablar de la muerte. Recuerda que si te interesan estos temas me puedes encontrar en instagram como @eva_latapi. De todos modos nos leemos el próximo viernes en otro artículo aquí en el blog.